Las Regueras de los 60

por Celso Díaz Fernandez y amigos

Libro

SUS ORÍGENES

Esto de la informática  es francamente maravilloso.¡ Qué lejos queda aquel febrero de 1.962 !.

Fue entonces cuando me puse a escribir el libro que ahora os presento. Se fue escribiendo semana a semana durante once años. Hoy resulta ser un documento único para el Concejo. Es la crónica de las pequeñas y grandes cosas que fueron sucediendo en Las Regueras. Ahora podéis tenerlo tal y como fue escrito entonces.

No fue fácil en sus comienzos. Tuve que hacerme con una máquina de escribir enorme para que entrase en el carro un folio apaisado. Había que teclear muy fuerte porque se trataba de que cada letra perforase un cliché encerado por cuyos agujeros debería pasar la tinta, presionada manualmente por el rollo de la copiadora. Era necesaria mucha concentración para escribirlo a máquina, porque si te equivocabas en una tecla, no había más remedio que detenerse, buscar el frasco del líquido borrador, aplicarlo, esperar a que se secara, volver a colocar el cliché y escribir encima; pero si no estaba bien seco, la pintura se pegaba a la máquina de escribir y la letra siguiente salía como una bola informe. Entonces había que buscar un paño con alcohol y  una aguja para limpiar las letras.

Digo esto para solicitar vuestra indulgencia, cuando os pongáis a ojear aquellas páginas que ahora os presento en forma de libro con el nombre de...

                                                                  Las Regueras de los 60

Es un testimonio, único, de la vida de nuestros pueblos; de aquellas Regueras que muchos recordamos todavía con nostalgia y que nuestros hijos no deben olvidar, pues pertenece a sus propias raíces.

  CÓMO SE VIVÍA ENTONCES     

 En aquellas Regueras no había ninguna casa cerrada; al contrario, en todos los hogares había gente y sobre todo niños. Ya no eran los tiempos en que había de seis a diez hijos en cada familia, más bien estaba entre dos y cinco la media de hijos por matrimonio; pero había muchos niños por el pueblo, en la escuela y en el iglesia. Y podíamos hacer las excursiones del Catecismo, con autobuses llenos de niños;  y hasta nos atrevíamos a alquilar un "tren especial, con asientos para todos. Iremos a San Esteban de Pravia, pasaremos el día en la playa". Y como era un tren para nosotros, "a la vuelta pararemos en algunos sitios".

 

   

 Entonces era normal ver todos los campos, y las laderas de las colinas y hasta las "suertes" del monte comunal, todo, todo se veía arado, cuchado y sembrado. Y qué riqueza se obtenía de patatas, de maíz, de fabes , de alfalfa y hasta de trigo.

 LA HIERBA COMO RIQUEZA BÁSICA

Eran tiempos cuando todos, sin excepción, esperaban con ansiedad los días de Junio para levantarse antes del alba a segar, esparcir los barayos, emborregar (en pequeños montoncitos evitando las rociadas), esparcer, hacer bálagos, con montones más altos, recoger, hacer vares de hierba en el mismo prado o cargar aquellos altísimos carraos de hierba, que amarrados con maestría, eran arrastrados por una pareja de bueyes o vaques, bien xuncies, hasta llegar a guardarla con sudor y alegría en la tená.

¡Qué apuros para embalagar toda la hierba de un prau en media hora, porque se había quitado el sol y se acercaba un nuberu, que por San Pedro no solía faltar. ¡ Oh, la novena de San Pedro¡ ( Si hay tormenta el día de san Pedro, se repite nueve días). Y eso después de soportar "les lágrimes de San Juan", que eran días cerrados de orbayu  en que la hierba corría el peligro de revenise, si ya estaba cortada en el suelo. Entones sí que había que emplearse a fondo con el garabatu, echando mano de todos los de la casa, incluso de los vecinos, sin anteponer ni la escuela,  ni la misa. !Qué carreras, qué prisas, qué sudaes! ! Siempre había sido así.

¡Cuántas décadas, cuántos siglos, cuántos milenios acaso, llevábamos haciendo lo mismo¡. Ni se pensaba que podía ser de otro modo.

La hierba era el único sustento de las vacas para poder superar los inviernos, y las vacas eran la máxima riqueza. Había que tener por lo menos dos para la labor de la tierra. Cada caserío tenía entre dos y cinco. Los había más ricos que podían tener hasta nueve reses, pero eran muy pocos.

 El burro. Eso sí, en cada casa no podía faltar el burro, claro. Era el más trabajador, esclavo hasta de las vacas, para quienes transportaba casi todas las tardes el segao, además del “estru” para hacer” el muyíu”,donde se echaban las vacas sin que se les formaran ostres .

 La parva del cuchu

Lo del “cuchu” era otra de las bases de la economía . Un día, hablando con un paisano mientras hacía la labor en la cuadra, me decía: “qué bien lo fizo Dios, porque, fíjese: ¿ cómo nos arreglabemos  pa tirar toos  estos montones, si non valieran tanto pa la labor de la tierra?”. Y recordaba el refrán un tanto taimado:”! Dios y el cuchu, puen munchu¡...( pero más el cuchu)”. La parva se colocaba a la puerta de la cuadra y  ocupaba parte del camino, la cuadra estaba al lado de la casa. Les pites eran las mejores clientas, aunque se solían poner encima  unes árgomes para que no la deshicieran escarbando con sus patas.. El intenso olor a cuchu parecía a todos saludable. No solo era la riqueza de la tierra. Valía para muchas cosas: para injerir(ingertar ) los frutales, para el acabado de truébanos, para hacer cataplasmes, y hasta pa curar alguna herida.

 EL GALLINERU Y LA CORRIPA

Tampoco faltaba en ninguna casa el gallineru, pero no cerrado como ahora, ¡qué va¡  las gallinas picoteaban con toda libertad por la quintana y les caleyes, sólo cuidadas por el gallo que las reunía en torno a él. Y al atardecer ellas mismas se guardaban sospechando la llegada del raposu. En la casa siempre había la pregunta del atardecer: ¿Ya ta cerrau el gallineru?  Pero  se comían huevos frescos y sabrosos, no grandes, porque los mejores se seleccionaban para llevar una docenina o dos al mercau de Grado o de Oviedo.

 Hasta el cura tenía un gallinero y un sitio para criar conejos... ¿Que venía una visita? pues mi padre bajaba, escogía uno, lo presentaba a mi madre ya limpio y, en menos de una hora ya   estaba lista la comida. Y cuando no era un conejo, pues un “pitu”.

  Y qué casa no tenía una corripina, donde con las escasas sobras de las comidas y el agua de lavar la cacía se hacía la esyava, engordada con   unos puñados de harina de maíz y hasta con ortigas cocidas. Así se criaba el gochín que daría buenas alegrías a la casa, allá por San Martín. Y como todo ese plan económico podía irse a pique si entraba la peste al ganado, pues se acudía  no al veterinario, sino  a “pasar el agua” o  rezando a S. Antonio, a quien se le pagaba una buena fiesta religiosa  para tenerlo propicio y para evitar desgracias.

 PROGRESO

Esto, que os ofrezco, es un documento de aquellas Regueras, que todos juntos fuimos construyendo con el trabajo del día a día, año tras año; en que todo se iba haciendo muy despacio, poco a poco, entre esfuerzos de cada uno y la unión en estaferies, de pequeños grupos.

 Cada mañana había que sacar la leche a la carretera. La gente aparejaba el burro y ¡hala¡. Pero mientras iban, soñaban con una carretera que acercase el camión hasta la puerta de casa. Un día se juntaban los de La Estaca y Andallón y no paraban hasta terminar su carretera. Otro día eran los de Quejo que "con sus propias manos están construyendo una carretera"... Aquellas Regueras fueron así.

 He querido encuadernar y poner a vuestra disposición esos pequeños testimonios en donde, prácticamente, van saliendo todos los nombres de las personas, de las casas, de los barrios, de  los visitantes,  de aquellos hombres y mujeres que venían a ayudarnos desde Oviedo, incluso semanalmente, para realizar las encuestas para hombres.  Y venían a darnos charlas gratis,  desde los más humildes como la señorita Carmen o las Hermanas Nazarenas hasta otros más distinguidos como doctores, médicos o catedráticos, incluso los arzobispos Lauzurica y Tarancón.

Bien quisiera que este libro estuviera encima de la cómoda del salón, en todas las antiguas casas, ya que contiene los nombres de los que tejieron esta historia. Y que lo ojeen, cuando vuelven, los hijos que se vieron obligados a emigrar en busca de trabajo, porque de aquella multitud de niños, qué pocos han logrado formar su vida alrededor  de la casa solariega.

Todas esas cosas, muchas de ellas anodinas, son las que os presento en este libro, que el  Ilmo. Ayuntamiento me ayuda a editar, con una pequeña subvención que me sirve de apoyo para lanzarme a hacerlo y para que quede constancia en  la biblioteca. De este modo espero que no se pierda este documento, sino que  se conserve al alcance de los estudiosos de mis entrañables Regueras, de las que con orgullo ostento el título de  Hijo Adoptivo.

                                                                                                  Celso Díaz Fernández

 En  la foto del acto de presentación de Las Regueras de los 60 aparecen de izquierda a derecha. Avelino de La Pienda, Manuel valle, Celso, Juan Goti y  María  Asunción de Mariñes. 

   

- Libro "Las Regueras de los 60"
- Revista "Las Rgueras de los 60"

- Carta acerca del libro. Por Jorge Uría.

 

celsodifer@hotmail.com