El último médico que vivió en Las Regueras

 En aquellas Regueras de los 60, que recordamos con afecto, y en las que día a día fuimos construyendo el bienestar y la prosperidad de la que hoy gozamos, tenemos que evocar una de las figuras más señeras de nuestro Concejo, a quien sin titubear acudíamos y llamábamos a nuestra casa en los momentos más importantes,  viniendo siempre dispuesto a ayudarnos a nacer, a sanarnos y hacer más llevaderos y livianos los dolores. Solía decir: “mi misión es luchar contra el dolor, aunque todo lo demás  ya no responda”.

Lo mandábamos a llamar y venía. Venía siempre. Para él no existía ni la jornada laboral de ocho horas,  ni el descanso de los domingos, ni las hoy tan esperadas vacaciones anuales. Ni siquiera el descanso de la noche podía ser refugio para un merecido reposo. No importaba la calidad de la noche: ni que fuera tranquila y primaveral, o una auténtica noche de lobos con los elementos de la naturaleza desbordados por el vendaval, los aguaceros, las heladas o la nieve.  Iban a llamarlo y venía.

Cuando le conocí, iba en su pequeña Guzzi por los tortuosos y desaliñados caminos que entonces teníamos. En las salidas nocturnas se veía obligado a sacudir el hielo  que se formaba sobre sus ropas, antes de entrar en la casa.

Todos estábamos habituados a saber que él estaba allí, viviendo entre nosotros, siempre disponible. Podía  estar ocasionalmente ocupado, porque había tenido que ir a otra parroquia o porque podía haber salido a Oviedo por motivos de su profesión. Si una tarde de fin de semana se escapaba hasta  la ciudad para tomar un café con los amigos, nunca lo hacía sin antes dejar anotado el número del teléfono de la cafetería a donde iba, pues era consciente de que debía  estar de guardia,  sin interrupción..

Su preocupación por estar profesionalmente bien preparado era casi obsesiva. ¡Con qué perseverancia sé que asistía a la discusión de temas científicos que semanalmente se organizaba en el Hospital, donde era bien conocido por sus intervenciones¡ Pero esto no fue un día ni año ni un lustro. Fue siempre. Su ansia por estar al día, le llevaba a suscribirse a numerosas revistas especializadas, que estudiaba con sumo interés en los ratos en que el trabajo se lo permitía, sin dejar apenas tiempo para el ocio.

Durante los muchos años en que yo conviví con él en Las Regueras, no le conocí otras aficiones, sino las profesionales y familiares. Hoy diríamos que un trabajo así no se puede sobrellevar mucho tiempo, por eso a él también, más de una vez, vino a fallarle la  salud. Hasta en el  libro  Las Regueras de los 60, se puede leer la noticia de su agotamiento que le obligaba a someterse a tratamiento. Pero pronto se reponía y volvía incansable a su trabajo: “Sentimos la ausencia de nuestro médico, Dr. Jaqueti que ha debido ausentarse urgentemente para reponer su salud, amenazada por el excesivo trabajo. Esperamos que dentro de uno o dos meses pueda volver a Las Regueras, donde en muchas familias ha causado verdadera tristeza la noticia de su enfermedad”. (de 8 de marzo de 1971. pg.486)

Sabido es que, como consecuencia probable de la dureza y privaciones del larguísimo servicio militar, adolecía de una cierta insuficiencia auditiva, limitación que marcó bastante su vida,  y que de algún modo lo retrajo para optar a responsabilidades muy superiores para las que sin duda él estaba preparado. Pero esa fue la suerte para nosotros, pues gracias a ello, pudimos tenerlo durante más de treinta años, hasta su jubilación,  sin que nadie, en momento alguno de su larga vida laboral, pudiera más que alabar su indiscutible profesionalidad.

Ese era D. Emilio, el hombre más conocido y familiar para todas las casas del concejo de Las Regueras, cuyos umbrales hubo de traspasar tantas veces y cuya presencia era ansiosamente esperada para ver si podía devolver a los hogares la salud perdida. Todos pasamos una o muchas veces por sus cuidados, porque de alguna manera D. Emilio era de todos.

Y tal vez sea oportuno preguntarse quién era D. Emilio y cómo fue su vida hasta llegar a nosotros.

Él nació en el mismo Madrid. Sus padres, que vendían frutas en la Plaza del mercado, querían estudiar a sus dos hijos, pero Emilio, en aquellos días nefastos, apenas terminaba los exámenes del Bachillerato, y ya era reclutado para la Guerra. La línea del frente estaba unas calles más allá de su casa.

Su familia era creyente y eso era sobrado motivo para que de un momento a otro llegaran los informes a sus superiores y lo eliminara. De ahí que  un día optara por escaparse, atravesando la línea del frente en desesperada carrera. Tuvo la suerte de que no le alcanzaran  las descargas que perseguían su linchamiento. Era casi un niño y la guerra marcó para siempre su vida en aquellos siete durísimos años. Por fin pudo volver a su casa ya hecho un hombre y, con los estudios que tenía, pudo opositar a una plaza administrativa  con destino en Mieres.

Pero su carácter, su tesón y la disciplina militar aprendida, hicieron que no se conformara con aquello y empezó a reorientar su vida hacia la Medicina. Conseguía  los apuntes  de la Facultad de Madrid y desde Mieres fue preparando los primeros cursos, presentándose como libre a los exámenes. Pronto se vio obligado a conseguir traslado a Madrid, porque tenía que dedicar todo el  tiempo que le permitía su trabajo a los estudios.

 Así logró terminar su carrera de medicina. Lo menos que se podía esperar es que pidiese de nuevo venir a Asturias. Pero es que en Mieres  había encontrado el amor de su vida. Allí estaba su Esperaza, la muchacha que le alentaba a proseguir sus estudios y le esperaba con fidelidad.

Así que Emilio, con su flamante título, buscó trabajo en Asturias, pero fue en Quirós y no en Mieres, donde logró su  empleo como Médico. No quedaba excesivamente lejos para ir a verla  cada fin de semana, a pesar de que los medios de transporte eran difíciles y escasos. Desde Trubia tenía el tren del Vasco; pero Quiros quedaba a 30 kilómetros más arriba, por malísimos caminos y peor comunicación. En Quirós se explotaban unas minas de carbón que era transportado hasta Trubia por un ferrocarril que parecía de juguete, pero que con su pequeña máquina de vapor podía bajar varias toneladas de una vez. Aquellas minas estaban bajo la dirección de un joven capataz, que también tenía que bajar a cortejar los fines de semana.

Entre el médico y el capataz idearon la más azarosa aventura que, como diría Cervantes, vieron los siglos. Con una pequeña tarima sobre cuatro ruedas, que habría servido para reparaciones en la vía, sin más frenos que sendas estacas para controlar la velocidad y poder encarrilarlo cuando se salía, sentados para facilitar la entrada en los túneles, lograban llegar todos los sábados hasta Trubia

Antes de salir de Quirós, el capataz llamaba a la estación de Trubia  por un telefonillo de montaña, para cerciorarse de que la vía quedase libre. Luego  a manejar aquella pequeña plataforma con  la precisión que imponía por un lado controlar la velocidad para evitar descarrilamientos que al principio eran frecuentes. Por  otro lado tampoco se podía ir demasiado despacio, porque si no, en algunos llanos como el de Tuñon, habría que apearse  a empujar. 

Así iban deslizándose por auténticos desfiladeros como Peñesxuntes, donde a duras penas el río Trubia logró hacer un estrechísimo paso, y para el tren hubo que horadar pequeños túneles, y pasando a escasos centímetros de verdaderos abismos en donde un fatal accidente estaba siempre a punto.

También ejerció durante tres años en Tapia de Casariego,  de  donde guarda gratos recuerdos. Allí  fue donde ya pudieron casarse y ver bendecido su matrimonio con el primer hijo, Emilio. El segundo, Gerardo, ya nació en Las Regueras .

Por fin,  un venturoso día quedó libre la plaza de Las Regueras y opositó a ella. Su permanencia entre nosotros fue de más de treinta años. Formó parte de la historia de cada una de las familias. Todos lo hemos necesitado  en algún momento de nuestra vida para nosotros o los nuestros. A mí me parece, que podríamos  colgar en Internet <Las Regueras de los 60>algunos  recuerdos de nuestros encuentros con él a través de tantos años de convivencia. Para empezar he aquí algunos:

Pomeda era un lugar alejado, con no más de cuatro casas. La carretera medieval por donde probablemente pasó en el siglo IX el rey de Oviedo Alfonso II cuando peregrinó a Santiago, estaba tan abandonada que había que hacer los entierros por caminos paralelos que se improvisaban a través de los prados, encargándose los vecinos de abrir los linderos para volver a cerrarlos después. En una ocasión, a las tres de la mañana acuden al Médico porque a una mujer se le había presentado el  parto, sufría ataques y no lograba dar a luz. Viendo la gravedad del caso, D. Emilio da las oportunas instrucciones y ayuda a improvisar una especie de parihuela-camilla sobre una escalera de mano, y así la bajaron a hombros hasta el río Andallón, subiendo luego por Premoño arriba, hasta llegar a Valduno. Allí hubieron  de esperar hasta que llegara un taxi de Grado, para finalmente, lograr dejarla en una cama del hospital de Oviedo, ya casi  en la amanecida.

Acudir a los partos suponía pasar largas horas de espera,  ayudando en lo que se podía. Todavía siente un cierto respeto al recordar las veces que no hubo más remedio que emplear medios mecánicos (forces),.sin que hubiera ni si quiera  ocasión de aplicar anestesia.

 Otras actuaciones eran menos arriesgadas y más anecdóticas. Quexu tampoco tenía carretera. Desde La Venta había una media hora a pie. También fue  a las tres de la madrugada  cuando fueron a llamarle porque Facundo estaba en  una grave  crisis . Tuvo que estar hablándole mucho rato hasta lograr que le escuchara. Luego le convenció para llevarlo a Oviedo. La media hora de camino hasta La Venta fue un calvario. Con mucha paciencia, el Médico iba contándole historias, sin parar de hablar, porque si no, se volvía atrás.

A Premoño  había que ir a pie. Un día lo llaman para un hombre con un fuerte acceso, similar al anterior.  Había que internar acceder a él,  pero esta vez no le salió tan fácil.

Tenía que hablarle a gritos desde la habitación de al lado, porque  no dejaba acercarse a nadie. Al primer intento los resultados no fueron nada positivos. En un descuidó salió con un orinal y lo vació sobre el Médico.

Después de un rato   volvió a intentarlo  tratando  de convencerlo para que abriese la puerta y se aviniese a razones. En esto que por fin vuelve a  abrirse la puerta y aparece el enfermo, pero blandiendo entre sus manos  una tremenda  estaca, que era nada menos que el larguero de su cama.  Se le veía dispuesto a descargarlo sobre el Médico. Quiso ponerse a salvo don Emilio, pero justo detrás de él  había un cercado bastante alto. Todavía hoy se admira  al pensar cómo fue capaz de saltar por encima  y echar a correr como un galgo, para librarse de lo que le venía encima..

 

Las caminatas que  había que realizar en plena noche eran frecuentes. Normalmente son   ésas las peores horas  para el enfermo. En una  de esas  noches vinieron a llamarlo para ir al Forcón.

,.¿No trajo Vd. un  caballo?

Bueno, póngase aquí,  atrás en la Guzzi.

Pero la carretera sólo llegaba hasta Balsera. Luego, había  que   hacer senderismo nocturno durante casi una hora. El médico iba delante, el acompañante le seguía un poco más rezagado y fatigado, hasta que al llegar a la casa le dice: “cuánto mejor hubiese venido yo, al paso del caballo”.

 

 

Esto fue en otra ocasión en Bolgues, en la Carbayeda. También fue de noche cuando lo llaman, porque había gente herida. Le  llevan a un extremo de le casa  y se puso a curar a un herido y otro y otro: hasta tres. Creyó que había acabado, pero  en el otro rincón  de la vivienda   tuvo que curar otros cuatro heridos. Todo había empezado , seguramente, por una discusión.

 

Un día estaba cenando y vinieron a llamarlo del bar de Puerma. No querían que fuese hasta allá, sino sólo que les recetase algo para José, el marido de Florinda. Sólo era que tenía dificultades  al tragar, pero por lo demás estaba bien.

Don Emilio que tenía como lema que “un médico de pueblo debe ser siempre desconfiado”, insistió en ir a verlo.

En efecto, después de  examinarlo detenidamente, no era capaz de entender   por qué le ocurría aquello. Ya iba a desistir, cuando al enfermo se le ocurrió distraídamente,  rascarse un poco la cabeza con la mano izquierda.

El médico vio que en la uña del dedo meñique había un pequeño rasguño..

_”¿Qué es esto?”

-.”No, esto no es nada. Me lo hice el otro día limpiando la corripa.”

-.”Nada, eh?. Vamos inmediatamente al hospital”. Estaba contagiado del tétanos.     

.     

 Esto casi no se puede contar .Cuando la esposa del  Médico lo recuerda todavía se pone un poco nerviosa, a pesar del tiempo ya transcurrido.

  Biedes  era una parroquia tranquila. pero de vez en cuando siempre surge alguna disonancia.

Un día  hubo una reyerta familiar y  un chaval   se enfrentó con su abuela y llegó a herirla en una pierna.

Bueno, pues hubo que  llamar al Médico. Este la reconoció y la curó, y como es normativo, puso un parte de lesiones en el Juzgado. El diagnóstico era  “leve, salvo complicaciones”.

A día siguiente estaba él pasando consulta y llega una señora que vivía en Madrid y le pasa a la asistenta un par de pollos.

Cuando le toca su turno en la consulta, dice que ella viene como hija de la  mujer agredida, para que cambie el parte y certifique que las lesiones son graves.

El médico trata de convencerla de que eso no es posible y se niega, aconsejándole que llame a un médico forense a ver qué diagnostica..

Ella, contrariada, alude al regalo que había  dejado en la cocina.

Don Emilio con su potente voz, llama   a su mujer:  “¡Esperanza, Esperanza¡”.

Por fin sale la pobre Esperanza y  oye que le ordenan: “devuelve esos pollos a esta mujer”

A Esperanza un color se le viene y otro se le va. No logra decir  palabra. Sólo  desde detrás de la señora  intenta  hacer señales al Médico, estirando los dedos índice y corazón y pasándolos por el cuello.  ¡¡Los pollos ya estaban en la cazuela!!.

-             “Lo siento, señora, pero ya no se  puede hacer nada, vaya Vd. al forense”

 

Sirva este recuerdo como homenaje al gran profesional, que tuvimos la suerte de tener entre nosotros durante tanto tiempo. Y que , según van las cosas en Las Regueras, tal vez fue el último Médico(¿y acaso también el único¿) que puso su morada permanente entre nosotros, para dedicar  toda su vida a nuestro cuidado.

De bien nacidos es ser agradecidos.

 

 

 

Celso Díaz es  hijo Adoptivo

de Las Regueras.