Querido amigo Emilio: Alabo tu iniciativa de hacer un homenaje póstunmo, a modo de libro ,a tu compañero de seminario Ramón, y te agradezco que te hayas acordado de mí, aunque no es mucho lo que yo pueda decir, pero sí lo recuerdo con mucho cariño.

Bien sentí  yo la muerte, en plena juventud, de mi antiguo feligrés, Ramonín el de Taraniello, a quien eché para el Seminario, a ver lo que sucedería con el pasar del tiempo. Yo veía que el chaval tenía  buenos sentimientos y era bastante espabilado. Si lograba llegar hasta el final, estupendo, pero si no, tendría al menos esta formación especial que daba el Seminario y que marca un poco a la persona para siempre. No es que se me presentara muchas veces la oportunidad de enviar chavales al Seminario. En los cerca de veinte años que estuve al cuidado de las parroquias, no se me presentó esa ocasión ni media docena de veces. Y llegar hasta el final, sólo llegaron dos, pero, por cierto: ¡muy buenos! Uno fue Gonzalo, de Ca Enriqueta de Tamargo, que ya desde cuando aún era un chaval, nos admiraba participando en programas de radio dedicados a hacer caridad, como aquel de “Vds. son formidables”. El otro fue nuestro malogrado Ramonín.

Siempre tuve a pundonor el hecho de que en mi tiempo en Escamplero, hubiesen salido dos sacerdotes a cual mejor.

Como a través de mi vida tuve la suerte, de poder refugiarme siempre en el Escamplero, recogido a la sombra de La Carcabina ( y de la torre de la iglesia), con cierta frecuencia había ocasión para saludarnos y hablar.

Así, seguí de lejos su trayectoria, sus estudios sociales,su estancia por el Arzobispado, la vida de parroquias hasta llegar a Pruvia, donde sucedió a nuestro amigo Gil, compañero mío que también se fue con la misma enfermedad.

El último acto en que coincidimos, fue en el homenaje que hicieron los antiguos alumnos a su maestro don José Manuel Gómez, en Escamplero.

Varios de los invitados  preparamos un  pequeño discurso para el acto que se celebró por la tarde en Quejo. Al final también habló Ramón, remitiéndose  a lo que había dicho ya,  en la ceremonia religiosa, que él había dirigido, por la mañana en la iglesia. Y elogió la intervención que más le había impresionado, que era  la mía. Lo que le agradecí luego en privado.

Aquí en el pueblo, siempre fue Ramonín, pero luego en la vida fuera de este pequeño círculo parroquial, todo el mundo lo conocía por Quico. A mí siempre me costó un poco aceptar que todo el mundo hablada de Quico cuando se referían Ramón. ¿Cómo había sucedido ese cambio?.

La verdad, que no lo sé. Bueno, él era nieto de Quico de Taraniello, hombre entrañable, famoso en el pueblo por su prudencia y gracejo, porque siempre tenía una broma cuando se encontraba con alguien en el camino, y su fina ironía dejaba a más de uno pensativo. Quico de Taraniello era como una institución en la parroquia. Ramón perdió a su padre a edad muy temprana. Esto favoreció sin duda, el hecho de que entre abuelo y nieto, hubiera siempre una gran compenetración y por parte del nieto un sentimiento de admiración, que le llevaba a recordar con los amigos anécdotas e historietas que él le contaba. El caso es que los amigos empezaron ya desde el Seminario a identificarlo por el nombre de Quico, tal vez porque veían en él las cualidades que le oían contar de su abuelo, y Ramón fue aceptando como cosa normal el apodo que cariñosamente le ponían los amigos y que de algún modo, le unía a su admirado abuelo.

La verdad es que, a través aquellos primero años de estudio en el Seminario, Ramonín, nunca daba problemas, ni había que frenarlo en excesos piadosos, ni  se le veía desilusionado por posibles crisis. Cumplía siempre,  se integraba estupendamente con los amiguinos de la escuela en las vacaciones de los veranos.

Gonzalo, a pesar de que estaba de cura , primero en Pumarín de Gijón y luego allá por Teverga  con casi catorce parroquias,y que siempre estaba metido en mil empresas de vanguardia, trajo a Escamplero la fundación de los boys scouts. Los primeros socios fundadores creo que eran cinco. Con Ganzalo como consiliario, estaban Ramonín de Taraniello ya seminarista, Fernando de Ca Malena, que ahora dirige el restaurante El Tendejón, el malogrado José Luis Alvarez Ovies de Taraniello, Arcadio de Tamargo y Manuel Angel de Ca Malena de Tamargo. Yo creí que, como tantas cosas que se habían iniciado por aquí, no duraría mucho tiempo aquello,  pero ellos luchaban con entusiasmo y buena organización. Yo veía que la cosa marchaba tan bien, que procuraba no inmiscuirme, pero sí gozaba  viendo que aquello crecía y se afianzaba. Llegaron a conseguir un local en las antiguas escuelas hoy convertido en Albergue de peregrinos del Camino, donde durante muchos años se leía:”Centro de boy-scouts de Escamplero”. Sus actividades llenaron durante mucho tiempo la vida de los chicos y chicas de estos contornos. Se realizaban muchas actividades en las que todos participaban con entusiasmo, lo que sin duda, era un gran atractivo para la gente joven.

Para Ramón, aquello era una experiencia única, pués colaboraba asiduamente desde el Seminario, manteniéndose en contacto con los suyos. Así se preparaba, no sólo teóricamente con los estudios teológicos, sino también avanzando ya la práctica de su futura misión apóstolica.

Este es el recuerdo que aun vive de Ramonín de Taraniello, el hijo de Manín, trabajador, formal, no de muchas palabras, que también, increiblemente, se fue muy joven de la misma enfermedad y a la misma edad, que su hijo. Su madre Gloria, era de Ca  Malena  de Tamargo; ella y su hermana Dulce eran bien conocidas como catequistas y e ilusionadas participantes en todas las cosas de la parroquia. Todavía hoy, es Gloria la que se ocupa de las llaves de la iglesia. La saludarnos con mi amigo Pepe Santos hace un par de días y nos habla, muy preocupada, de la perentoria necesidad de reparar este templo que es, nos decía, “el más grande de Las Regueras”, de organizar una comisión de ayuda, pues amenaza hundirse de un momento a otro, porque una viga del techo ha cedido.

Celso, hijo Adoptivo de Las Regueras.