NACER EN EL ESCAMPLERO. 1

NACER EN CASA.. 1

INOCENCIA DE  CA FAUSTO.. 2

NON MIRÉIS LA HORA.. 2

AQUEL FEBRERO DE MIL NOVECIENTOS CINCUENTA Y ... 2

HISTORIA DE LAS TRES HUERFANITAS. 2

“ SI ME NECESITAIS...”. 2

 

 

NACER EN EL ESCAMPLERO. Inocencia de Fausto, de La Chabola

 

Parece una perogruyada, pero nacer, nacer en el Escamplero, hoy por hoy, nadie.

El lugar de nacimiento siempre es una clínica de maternidad  donde se tienen todos los medios al  alcance, que ahora son muchos. Así se evitan  sobresaltos inesperados y desgracias que hasta hace bien poco tiempo eran relativamente frecuentes  y con secuelas fatales.

 Regueranos de nacimiento, los hay. Pero hace falta retroceder unas décadas para encontrarse con personas que nacieron en su casa natal. Porque también la casa  ha sufrido  

Los cambios modernos, perdiendo aquel halo de sacralidad del que gozó en tiempos antiguos. Durante muchos siglos,   el grito de alerta que unía a todo el pueblo para la defensa sin cuartel, era:“pro aris et focis”(por la Fé y el hogar). Y ciertamente  el eje de la casa era el fuego del hogar, que vino a significar la familia entera. Pero además,   la casa estaba “habitada” por espíritus familiares que permanecían en ella y la protegían.

 

 

NACER EN CASA

Hasta hace bien poco la casa asociaba los momentos más decisivos de la vida. Uno de ellos era el del nacimiento. En ella se vivían los momentos nerviosos que precedían a aquel importante suceso. Que aunque era tan esperado, parecía siempre imprevisto. Y la casa se llenaba de un silencio expectante, interrumpido sólo por la expresiones de dolor de la parturienta y las palabras de aliento de la entendida, que la asistía y le iba indicando , según su experiencia, lo que había que hacer en cada momento. Mientras, detrás de la puerta, se agolpaban ansiosos sus seres más queridos  esperando y rezando para que todo saliera pronto y bien.

 

Los niños veíamos aquel ir y venir un poco asustados, con gente extraña en la habitación, con muchas preguntas inocentes que tenían una respuesta huidiza, si no era la mentira piadosa de  "que la cigüeña va a traernos un hermanín, hala, la estar aquí quietinos y no estorbéis". Hasta que se oía llorar. Era el llanto enfadado de un niño que protestaba, pero eso relajaba la tensión de todos. Se llevaba rápidamente a la alcoba el agua que estaba calentándose desde hacía horas, en la pota más grande, encima de la chapa de la cocina, y nos asustábamos sin hacer preguntas por el color con que se sacaba para echarlo al retrete, sin oír que nadie se quejase de haberse cortado o herido. Por fin te dejaban asomarte a ver aquella cosina tan envuelta, que apenas se movía y darle tímidamente el besín mandado por los mayores.

Así era porque así había sido siempre, siguiendo una tradición que se remontaba a los orígenes de la civilización y que se conservaba con toda vigencia en los tiempos en que yo nací. Al menos para los pobres

                 

INOCENCIA DE  CA FAUSTO

Cuando en los años cincuenta vine a vivir a esta parroquia, en la que, a pesar de las vicisitudes de la vida, ya me quedé para siempre, pues me nombrasteis hijo de esta tierra y hermano vuestro, era Inocencia, la mujer de Fausto de La Chabola, la que tenía la experiencia y la confianza de todos, para ayudar en la noble tarea de traer los hijos al mundo, Era una mujer fuerte, activa y con cierto liderazgo natural. Su vida había sido dura sobre todo en los días de escasez de la posguerra. Entonces no dudó en salir a trabajar por los caseríos para traer a casa unas patatas o un poco de boroña con qué alimentar a sus hijos, que eran tres, porque su hermana había muerto muy joven dejando una huerfanita, que ella no dudó en llevar a su casa y hacerla tan hija suya, que nadie pudiese dudarlo.

Tenía la suerte de haber encontrado como compañero de su vida a Fausto, "Fausto el del garaje".

Este tenía un pequeño taller, en lo que pudo haber sido la "cuadra", donde reparaba bicicletas, principalmente las de los obreros que bajaban a la fábrica de Trubia por aquella carretera mal reparada y nunca asfaltada.

 Cuando ya casi al final de los años cincuenta empezaron a venir las primeras motos, también Fausto supo acomodarse a ellas.

Un día de primeros de Julio del 58, conseguí que un amigo me llevara de incógnito, en su moto para conocer los lugares a los que acababan de destinarme. Y  pinchamos, claro, por aquellos caminos de grava y tierra. Era urgente reparar la rueda y, preguntando, fui a parar al taller de Fausto. Por eso él fue el primero en saber que venía destinado a esta parroquia, y aprovechó la ocasión para presentarme a su familia y sobre todo a su hija Estensita que me esperaba, ya ansiosa, para que señaláramos la fecha de su enlace matrimonial Y así fue también el primer casamiento que se celebró ante mi en la parroquia.

Fausto era un hombre llano, no de muchas palabras, más bien prudente y eso sí': de mucha paciencia.

NON MIRÉIS LA HORA

Podríamos decir que Inocencia tuvo suerte de haberse unido a un hombre que la amó y la admiró todos los días de su vida. Si fuera otro, podría haberle echado en cara el que muchas veces tuviera que interrumpir los deberes de la casa, el cuidado de los hijos y hasta abandonar el puchero de la comida a medio hacer, para acudir a la llamada de un vecino que la necesitaba. Porque el lema de Inocencia, el que ella repetía incansablemente a sus vecinos, era: " non miréis la hora. Si me necesitáis, non miréis la hora". Y la gente veía que lo decía con sinceridad, y actuaban en consecuencia, " Nin siquiera vos molestéis en acompañarme, que va Fausto conmigo". Y el bueno de Fausto iba acompañándola, pasaba a la cocina y allí sentado, esperaba lo que hubiera que esperar, mientras su Inocencia, arriba, trataba de solucionar el problema, y devolver la tranquilidad a aquella casa.

Estaba claro que ella actuaba como una buena vecina, jamás pedía nada por su trabajo, pero todos la querían y trataban de corresponder.

Así era la labor de Inocencia, año tras año. No creamos que los tiempos eran parecidos a los de ahora en que, por desgracias, estamos a la cabeza del mundo en lo relativo al no nacimiento de niños,

Entonces había niños en todas las casas Es una pena que la gente de hoy se vea privada de esta gran satisfacción humana, pensando solo en las dificultades y los costes,

Mel, Inocencia, MªNives, Fausto y Extensita.

AQUEL FEBRERO DE MIL NOVECIENTOS CINCUENTA Y ...

Siempre hay gente que se acuerda de todo.  Eloína de Casa Candás aun es capaz de repetir de memoria, el trabajo de Inocencia en un  sólo mes: el de Febrero de uno de aquellos años cincuenta y en el que ella estuvo implicada como paciente. Hoy podría  parecer increíble, pero fue así :

El día 11 de Febrero, en casa La Praviana, asistía al nacimiento de Olegario (Garín).

 El día 13 del mismo mes, en Casa Candás, ayudaba al nacimiento de Marta.

 El día 19, con su ayuda, nacía en  la  Casa El Juez de La Venta,  Herminita

El día 25 por la mañana en Casa Vicente Sienra, asistía al nacimiento de Raquel.

 

Y ese mismo día 25, por la tarde, tuvo que estar en Quejo, en Casa Merso, para prestar sus servicios en el nacimiento de Pepe Luis.

 

 

 No era solamente ayudar a nacer. Ella poseía con sencillez ese raro don de "atender al necesitado" .Un día la pequeña Marta se puso tan enferma que subía el termómetro a más de 39. La madre nerviosa, fue al único teléfono público que estaba en Casa Concha  para llamar al médico antes de que cayera la noche, pero no estaba en aquel momento. Volvía  la mujer angustiada, sin saber qué hacer, cuando se encontró con Inocencia:

"Non te preocupes, muyer, verás como-y pasa; vamos a partir una aspirina al medio y das-y una mitá con un vasu d'agua" (Aún no había aspirina infantil). Así lo hizo y santo remedio, a las pocas horas la niñina y la madre podían dormir felices.

 

 

HISTORIA DE LAS TRES HUERFANITAS

 

La siguiente historia parece un cuento de Andersen o una leyenda de Navidad, pero fue real, vosotros mismos podréis poner los nombres a los lugares y  a las personas.

En la mañana de un día feo y lluvioso, Inocencia se disponía a salir de casa cuando vio pasar por delante de su puerta tres niñas, bien conocidas por las continuas desgracias que caían sobre ellas. Eran huerfanitas. Su abuelo quiso tenerlas bajo su cuidado. Pero como las desgracias nunca vienen solas, también el abuelo acababa de morir, Como los tiempos eran muy malos, las niñas, las tres siempre juntinas, empezaron un camino de incertidumbre, en busca de un nuevo hogar, que de algún modo sustituyera al que acababan de perder. Oían los comentarlos de la gente, que movida a compasión, bien querría meterlas en casa, pero a duras penas podían sostener a su propia familia.

Aquella mañana bajaban por el camino del Monte, llevando, cogida de la mano, a la más pequeña y defendiéndose malamente de la lluvia, cuando, llegando ya a la Chabola, iban a pasar por delante de Casa Fausto.

La posguerra era dura para todos. También para Inocencia. Pero quiso la Providencia que ella estuviera allí en aquel momento, y al recibir el tímido saludo de las niñas al pasar, observó en sus ojos infantiles algo que la hizo olvidarse de sí misma, de sus propias dificultades. Salió tras ellas, les habló con cariño y, sin vacilar, las acogió en casa, con sus hijos. Las agasajó lo mejor que pudo secándoles las ropinas y dándoles el calor que necesitaban.

El alcalde de Las Regueras era por aquel entonces Manuel Álvarez Parades, aunque para todos era Manín del Correo. Era obrero de la fábrica de Trubia y todas las tardes volvía del trabajo en su pequeña moto Guzzi. Arriba en La Chabola, aquel día, estaba Inocencia en medio de la carretera esperando su llegada. El relato de los hechos conmovió al alcalde que tomó el problema con sumo interés y poco tiempo después, las niñas ingresaban en un bonito colegio en Colloto. Allí tuve ocasión de visitarlas algunas veces. Se habían adaptado bien y se las veía contentas, incluso la mayor llegó a vestir los hábitos, haciéndose religiosa.

 

 

 “ SI ME NECESITAIS...”

Pero lo que más ocupaba el tiempo a Inocencia, era atender a los enfermos por todos los pueblos de la parroquia en donde la llamasen. Los médicos trataban de restablecer a la gente mal alimentada, con inyecciones de calcio, de hígado.., yo creo que estaba muy de moda recetar muchísimos fármacos "por vía intravenosa o intramuscular".

Ya había una practicante destinada en Las Regueras para atender a todo el concejo, pero vivía en Ardaje, en Valduno, en el otro extremo. Así que eran muchos los que se veían necesitados de llamar a Inocencia.

 Hubo ocasiones en que, apenas eran suficientes las horas del día para realizar su labor. Salía temprano para empezar por San Pedro de Nora, atender en Campanal, seguir por Rañeces, Tahoces, Valsera, Tamargo.."

 También la reclamaban en otros lugares más distantes como Parades, en casa del padre de Fausto. Suponía demasiado tiempo el largo camino. Entonces su marido le preparó una bicicleta, que ella aprendió a manejar. Fue un gran adelanto, aunque limitado por la accidentada orografía de estos lugares y lamentable estado de las carreteras.

Aquello de las Inyecciones no era cosa de una visita, no, había que poner una cada día o cada segundo día y, a ser posible, a la misma hora, hasta completar las 8 o las 1 2 que contenía la caja. Y como muchas veces una caja era poco, pues a seguir con otra, Y allá iba nuestra Inocencia por caminos y vericuetos aquí y allá, incansable siempre, amable siempre, con su fiambrera para hervir la jeringuilla, con un frasquín de alcohol y una mota de algodón para taponar la posible hemorragia. A veces todo era Inútil y lo que tenía que suceder sucedía. Y más de una vez, ya no admitían la inyección y se le murieron en sus brazos y ella bajaba las escaleras diciendo: " non te asustes, fía, pero ya fue a descansar".

Así fue siempre Inocencia: fiel al lema, que fue la pauta de su vida:

si me necesitáis, non miréis la hora".              

   Celso Díaz