Diálogos en la Carcabina

 

 

LAS SIETE LANZAS DEL ESCUDO DEL AYUNTAMIENTO LAS REGUERAS

 

Por JUAN GOTI ORDEÑANA

Catedrático emérito de Universidad

 

 

 

¡¿Qué descansada vida 

la del que huye del mundanal ruido…!

Fray Luis de León

 

 

Disfruto retirándome al silencio de las Regueras. Es uno de los lugares más íntimos del paraíso Asturiano, con la ventaja de distar poco de la capital, pero eso sí, para evitar la vorágine de la ciudad tiene colocado por medio el Naranco, al objeto de conservar el sigilo de la paz con que sueña quien se dispone a reflexionar. Le circundan en algún tramo los ríos Nora y Nalón marcando límites con Oviedo y Grado, otras lindes se marchan con las alturas de las montañas. Numerosos regueros bañan sus tierras, de donde sin duda recibe el nombre, haciendo de su paisaje un florido vergel. Por su suelo se han trazado carreteras no de primer orden, sino sólo para poder llegar y comunicarse los vecinos, lo que hace que no prolifere la circulación de automóviles. Aunque, en otro tiempo, fue vía de salida durante muchos siglos hacía Castilla y Galicia, y todavía conserva el constante paso, y el callado caminar de los peregrinos de Santiago, poco ruidosos, que invitan a la reflexión y a la convivencia, con el recuerdo de lejanas tradiciones.

Lo delicioso del lugar no es algo que hemos descubierto en la actualidad. Desde muy antiguo, ya se dieron cuenta los hombres del cuaternario que vieron cómo este lugar de Las Regueras eran apropiado para vivir, y de ello dejaron claras muestras en las cuevas de la Paloma, Sofoxó, de Mestas, de la Cruz, Ancenia y la Oscura, con restos de las culturas Magdalenense y Aziliense de donde se ha sacado abundante información. También los romanos eligieron estos sotos para crear sus villas, ahí quedan los restos de Valduno y la planta de la sala de mosaico romano que Don Celso tuvo la suerte y el honor de descubrir, y que se guarda en el museo arqueológico de Oviedo.

Pero hoy no vamos a hablar de estos temas, que será bueno dejarlos para algún otro diálogo, hoy tengo curiosidad por conocer el origen de uno de los cuarteles del escudo del Ayuntamiento de Las Regueras. Me ha llamado mucho la atención que estén colocadas siete lanzas en actitud desafiante y como preparadas para salir en defensa de sus derechos. Pero no voy a empezar a hacer un estudio de investigación sobre la materia, sino que como tengo una entrañable amistad con un hijo adoptivo de este Municipio y licenciado en Historia, don Celso Díaz, voy a visitarle para que en un sabroso debate me dé una veraz información sobre tan singular cuartel del escudo.

Me he acercado a la Carcabina donde Don Celso tiene su rincón de trabajo, donde recibe a los amigos y está dispuesto a mantener deliciosos diálogos sobre cualquier tema, pues es de verbo fácil y constituye un placer alargar la tarde con su conversación y compañía. Me recibe, ya que su casa está siempre abierta, con su cordial acogida en la solana de la parte de atrás. Invitado a sentarme, amigablemente me ofrece la sidra ecológica que el mismo elabora todos los años con manzanas de la pomarada de la  parte baja del jardín, que cultiva con sus propias manos.

              Buenas tardes Don Celso. Ya que te encuentro aquí quisiera hablar algo de las cosas de Las Regueras, si no tienes algún inconveniente o prisas.

               De ninguna manera, ya sabes que me siento feliz en este rincón de las Regueras y gozo hablando de las cosas e historias de esta región.

              Pues bien, tengo gran interés por conocer la historia de las siete lanzas que figuran en el escudo de Ayuntamiento. Me parece que tienen que responder a un hecho significativo de algún tiempo antiguo.

              Ciertamente. Tienes que situarte a mediados del siglo XIV, en el tiempo de las malas avenencias de los hijos del rey Alfonso XI, el Justiciero. Cuando murió este rey inesperadamente en marzo de 1350, a causa de la peste en el cerco de Gibraltar, se manifestaron las rencillas de la reina legítima María de Portugal y su hijo el infante heredero, conocido como Pedro I el Cruel o el Justiciero, con Enrique de Trastamara, hijos bastardo del rey, y se entablaron las discordias que llegaron a luchas fraticidas.

  Hablando de siete lanzas y enfrentamientos entre hermanos, me viene a la memoria la clásica tragedia de Esquilo titulada: «Siete contra Tebas». Donde encontramos a los hijos de Edipo, Eteocles y Polinices, sobre quienes su padre hacía lanzado previamente una maldición, luchando, hecho que Sófocles continuó en la tragedia Antígona donde narra el distinto entierro de los dos hermanos. La acción se desarrolló frente a la ciudad de Tebas, durante el asedio del ejército argivo a esta ciudad, a causa de la negativa de Eteocles a ceder el turno para reinar a su hermano Polinices, como se había pactado.

              También en esta ocasión tenemos el enfrentamiento de dos hermanos Pedro I el Cruel, y su hermanastro Enrique de Trastamara, que había de sucederle después de matarle. Bien hubiera podido ser materia para una esplendida tragedia de algún autor clásico, pero no hubo ningún poeta que lo cantara, pero quedó grabado para eterno recuerdo en el escudo de Las Regueras.

              Y una pregunta obligada: ¿Qué relación tuvo este hecho con la región de Las Regueras, siendo un lugar apartado de los centros de comunicación en aquellos tiempos y difícil de llegar?

              Explicar por qué andaba por aquí don Enrique, exigiría hacer una amplia exposición de la historia de la España de aquel tiempo. Pero voy a ser breve. En el siglo XIII encontramos una familia asturiana que emerge en la Corte española. Se trata de Pedro Álvarez de Noreña, futuro mayordomo de Sancho IV, quien intervino a favor de éste en el levantamiento que promovió el infante contra su padre Alfonso X, el Sabio. También le encontramos presente en las turbulentas minorías de Fernando IV el Emplazado y Alfonso XI, y por su sagaz intervención logró ascender a la nobleza de primer orden. Muerto a finales de siglo, con la entrada del siglo XIV, tomó la representación de la familia su hijo Rodrigo Álvarez de Asturias, señor de Noreña. Fue don Rodrigo, como dice Luís Alfonso de Carvallo: «uno de los más notables varones y de las más graves y poderosas personas y de más cuantía que había en el reyno». Dispuso de enormes posesiones en Asturias, pero la falta de una descendencia legítima hizo que no fuera cabeza de un linaje nobiliario de primer orden, y sobre esa circunstancia dice la Crónica: «E porque don Rodrigálvarez de Asturias, señor de Noreña no había fijo ni fija legítima prohijó a este don Enrique, e por eso heredó el solar de Noreña e todo lo que había don Rodrigálvarez». De modo que Enrique de Trastamara, hijo bastardo de Alfonso XI y doña María de Guzman, prohijado desde su nacimiento en Sevilla en 1333, por don Rodrigo Álvarez, señor de Noreña, pasó a ser dueño de vastos dominios en Asturias a la muerte de don Rodrigo, donde encontró un valioso apoyo, pues muchos lugares asturianos se inclinaron a su favor en la lucha contra su hermano Pedro I el Cruel. Y de este modo el nombre de Asturias aparece ligado al del fundador de la dinastía de los Trastamara.

– Así que don Enrique pasó a ser propietario de los dominios en Asturias de su protector don Rodrigo Álvarez, señor de Noreña, y esta región le brindó seguro refugio en los momentos de enfrentamiento con su hermano Pedro I, pero ¿cuál fue la relación de el de Trastamara con este Ayuntamiento de Las Regueras? 

              Corría el año de 1350, cuando Enrique huyendo de su hermano Pedro I el Cruel, a quien había disgustado que se casara con doña Juana Manuel de Castilla (o de la Cerda), hija del infante don Juan Manuel, el famoso autor del Conde Lucanor, salió fugitivo de Sevilla y siguiendo la ruta de la Plata llegó a Asturias para acogerse a la seguridad de su señorío asturiano, heredado de su padre adoptivo Rodrigo Álvarez de Asturias. Entró por el puerto de Somiedo, con un pequeño séquito y conducido por dos caballeros asturianos de su parcialidad, Gonzalo Peláez y Pelayo Flórez, dispuestos a «guardarle y defenderle si hallase en Asturias mal acogimiento». Descendiendo por el valle de Miranda pidió en Belmonte alojamiento a Diego Fernández de Miranda, hombre fuerte en aquel territorio pero partidario del rey Pedro I, quien rehusó prestar cualquier ayuda al de Trastamara y su sequito. Siguió su camino, y evitando la ciudad de Oviedo que le era hostil, la rodeó por Las Regueras para llegar a sus dominios de Noreña.

              ¿En unas circunstancias tan comprometidas, expuestas y peligrosas es cuando encontró buena acogida en el Concejo de Las Regueras?

               Precisamente en esa ocasión. A su paso por Las Regueras, nos cuenta don Manuel Fernández Ladreda, que ya de noche vino a parar a la casa de «Rodrigo Alfonso de Escamplero, dueño y señor de la casa llamada Hospital, porque en ella eran acogidos caritativamente cuantos peregrinos sentían necesidad de alimento o descanso, admitió en ella una noche a don Enrique de Trastamara y á su esposa doña Juana de la Cerda, perseguidos y proscritos á la sazón por el rey don Pedro I de Castilla: rendidos de fatiga llegaron á la morada de Rodrigo Alfonso los fugitivos y algunos caballeros que los acompañaban, y al solicitar hospedaje para descansar una horas».

El del Escamplero dijo a los que llegaban:   Mi  casa es vuestra casa.

«Entonces uno de los desconocidos caminantes que venían le contestó con noble y leal franqueza:

– Buen escudero, antes de abrir vuestra puerta, sabed á quien dais asilo; yo soy un proscrito, un enemigo del Rey don Pedro, esa fiera coronada, que inunda en sangre á Castilla.

–Mi casa es vuestra, repitió Rodrigo; miradme como amigo y como hermano».

     Descansaron aquella noche don Enrique, su esposa doña Juana Manuel y el pequeño séquito que le acompañaba y «al siguiente día, apenas el sol iluminaba el horizonte, el de Trastamara, su esposa y las escasas personas que les acompañaban, partieron del Escamplero, en dirección a las Torres de San Cucao de Llanera, guiados por Rodrigo Alfonso y varios de sus deudos llamados Sebastián Alonso de Tamargo, Mauricio Pérez, Pedro Marinas, Diego de Andallón, Juan Rodríguez de Valsera, y un hermano de éste, nombrado Rodrigo, que armados de lanzas y escudos, caminaban a pié delante del futuro Rey de Castilla. Estos fueron los célebres “Escuderos de las Regueras”, cuyas lanzas figuran en el escudo del concejo con la Cruz de Oviedo por el antiguo señorío episcopal».

(El juramento de los siete jefes de Alfred Church)

 

     – Siguiendo con la comparación de «Los siete contra Tebas», en el que a pesar del coro de Tebanas que trata, sin éxito, de convencer a Eteocles que cambie de parecer y no se enfrente con su hermano y considerar la maldición de su padre Edipo, marcha a combatir a la séptima puesta donde está su hermano Polinices atacándola. Ambos mueren en la lucha.

      – También Enrique y Pedro I, fueron al encuentro y se enfrentaron en los campos de Montiel, y lucharon denodadamente. En la marcha del combate, la compañía de mercenarios franceses intervino cambiando las circunstancias de la contienda. De este accidente ha quedado para la historia aquella conocida frase de su jefe Bertrand Du Guesclin: «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor». Fue muerto en esta ocasión Pedro I, y Enrique fue proclamado rey  en1369, pero a cambio tuvo que conceder a sus aliados títulos y riquezas sin medida, como pago por la ayuda recibida. Ello le valió el sobrenombre de el de las Mercedes.

   Y supongo que entre todas esas mercedes que concedido el nuevo rey Enrique II, hay que contar el privilegio de las lanzas que constan en el escudo del Ayuntamiento.

        Hablando con precisión no fue Enrique II el que concedió este privilegio, sino su biznieto don Juan II, segundo príncipe de Asturias, y hay que tener en cuenta que en la elección del título de «Príncipe Asturias» para el heredero de España estuvo presente el señorío en Asturias del primer Trastamara.  Este rey Juan II «concedió á los descendientes de don Rodrigo Alfonso de Escamplero y a la alberguería de su propiedad, diferentes regalías, inmunidades y exenciones, con ciertos maravedises de juro, haciendo relación para ello del noble proceder de aquellos hidalgos cuyos privilegios fueron confirmados por varios reyes posteriores», y su acción quedó estampada en el escudo del Ayuntamiento.  

            Ya va atardeciendo y Don Celso, recordando sus lecciones en el Instituto como Profesor de Latín, me cita la primera égloga de Virgilio: «Y ya humean  a los lejos las altas chimeneas de las casas, y las grandes sombras de la noche descienden por las laderas de los altos montes». Por lo que interrumpimos el diálogo, y dejamos temas para próximas veladas en esta solana. Me levanto, me despido y desciendo ligero hacía Oviedo rumiando la lección de la historia de las siete lanzas del escudo de Las Regueras.