El Viejo Puente de Gallegos

    

El Viejo Puente de Gallegos. 1

SU RECIENTE JUBILACIÓN.. 1

FUE EL PASO OBLIGADO DE LOS PERGRINOS JACOBEOS. 1

EN LAS FERIAS DE LA ASCENSIÓN DE OVIEDO.. 2

EL PUENTE EN TIEMPOS DE LA GUERRA. 2

ALLI SE AHOGÓ EL CURA DE BIEDES. 2

OTROS SUCESOS EN EL PUENTE. 2

 

 SU RECIENTE JUBILACIÓN

El viejo puente que unía Las Regueras con Oviedo y que fue paso obligado de los peregrinos que durante siglos y siglos se dirigían a Santiago de Compostela, o simplemente a Grado y a los pueblos de La Cabruñana y La Espina; el viejo puente en forma de arco, que dejó pasar inamovible las aguas tantas veces turbulentas del río Nora; el viejo puente que puede tener origen romano por sus cuatro arcos de medio punto y por su elevación central, aunque de estilo sencillo sin la magnificencia de los grandes puentes romanos, el viejo puente que se vio mutilado en tantas guerras civiles y hasta invasiones, ha sido jubilado. Eso sí, lleno de honor; ahora es cuando lo han enlosado, por fin ve sus barandillas nuevas y hasta le adaptaron un monumento que no encontraba sitio en otra parte.

Probablemente en la Edad Media estuvo a cargo de alguna familia que, a la vez que cuidaba de su conservación, percibiría el derecho de paso, el cual solía ser para el Rey, aunque luego éste hiciera donación a alguna abadía o al obispo. La casona que está a la derecha, Ca Quila, al entrar en Las Regueras pudo ser de los señores encargados del pontazgo.

 

FUE EL PASO OBLIGADO DE LOS PERGRINOS JACOBEOS

Fue la vía principal de salida hacía Santiago de Compostela hasta el siglo diecinueve en que, la importancia de la Fábrica de Trubia, desvió por el Sur el nuevo trazado de la carretera a Grado y la Espina.

Sin embargo ese tramo de carretera, que va desde el Puente de Gallegos, por La Venta del Escamplero a Premoño, era el más corto para llegar a Grado; aunque tenía que descender y luego remontar el río Andallón por el viejo puente de Pomeda, que lamentablemente, ha sido borrado con la actual restauración de esta carretera.

Cuando el peregrino llegaba al alto de la Venta prefería hacer un poco de rodeo y pasar por el otro puente, el del pueblo de Andallón. Así podía visitar un conjunto de iglesias parroquiales. Estas iglesias se agrupaban junto al camino jacobeo sin tener en cuenta, a veces, el espacio geográfico de sus respectivos territorios. Así sucedía con Santa María de Balsera, Santa María de Andallón, San Martín de Biedes(?) y San Julián e Viado, para retomar por Ania, al camino de Premoño, donde aún perdura la torre, antiguo albergue u hospital de peregrinos y la Capilla de Santa Ana. Bajaban luego por la Iglesia de Valduno hasta Peñaflor.

Con los años, la vieja carretera, quedó tan abandonada en algunos de sus tramos, que cuando había algún entierro en pueblos como Pomeda o El Forcón, no podían usarla ni como camino de a pie, sobre todo en invierno. Con ocasión de estos luctuosos sucesos, los vecinos ya sabían que había que salir a "estaferiar", a abrir "sebes," para que los numerosos acompañantes pudiesen pasar a través de los prados. Fue hacia el año 57, cuando se presentó una urgencia en Pomeda: un parto muy difícil. No hubo más remedio que colocar a la pobre mujer en una escalera y llevarla a hombros hasta la carretera para luego ingresarla en el Hospital; con tan funestas consecuencias, que el hijo quedó minusválido para siempre.

 

 

EN LAS FERIAS DE LA ASCENSIÓN DE OVIEDO

 Todos los años por las ferias de la Ascensión de Oviedo, durante muchos siglos y hasta los años 50 inclusive, pasaban por Santullano recuas interminables de caballos, cada uno iba atado por el ramal a la cola del que le precedía. Se decía que venían de Galicia. Al atardecer iban llegando a la Venta de Escamplero los tratantes con sus reses y se alojaban en las numerosas cuadras y tendejones con que contaba La Venta. Incluso eran recibidos en casi todos los caseríos del contorno. Allí pasaban la noche junto a sus ganados hasta que, dos horas antes del alba, tomaban el camino de Oviedo entrando por el giboso puente de Gallegos para llegar al mercado bien temprano No sin antes pagar en "la caseta, los arbitrios municipales", que cobraban por todo lo que entraba en Oviedo, aunque fuese por una docena de huevos. Todavía en los años sesenta se conservaba esa caseta a la orilla de la carretera, después de pasar Fabarín.

Era tan normal el paso por Escamplero y el puente de Gallegos para ir a Oviedo desde Grado, Candamo o Salas, que en los apartados pueblos de Grado como Moutas y el Llobio recogí hace tiempo este antiguo refrán: "el que no puede llegar a Oviedo, quédase n´El Ecamplero", para criticar al que quiere hacer algo y no le alcanzan los medios.

 

 

EL PUENTE EN TIEMPOS DE LA GUERRA.

 El puente de Gallegos también sufrió en la Guerra Civil. La parte central fue destruida con dinamita para impedir el paso del enemigo. Después de la Liberación de Oviedo fue rápidamente reconstruido, porque a través de él, empezaron a evacuar a los enfermos, mujeres y niños, que habían estado asediados en la ciudad, para llevarlos hacia Galicia. Esta operación debían realizarla por las noches en camiones que pasaban con todas las luces apagadas para evitar ser blanco del fuego enemigo que dominaba el paso desde el Naranco. Así sacaron de allí a todas las personas que no servían para estar en el frente; entre ellos, mi hermano Pepín junto con sus primos, que vivieron como refugiados en Lugo, donde los niños les cantaban: "asturiano, mal cristiano, vete a Misa, corre aprisa."

Seguramente no era la primera vez que fuera cortado el paso del puente. Era uno de las primeras acciones militares, común a todas las guerras. Algo similar pasaba con el puente Romano de Alcántara. Todos los años llevaba hasta allí a mis alumnos de Latín. Siempre salía la anécdota de que, en una de tantas guerras que se mantuvieron con el país vecino, el Rey de Portugal mandó un mensaje a España para que no cortaran el Puente Romano, por ser una obra única de arte, a cambio él se comprometía a no atacar por Alcántara.

A parte de la Invasión Napoleónica, afectaron mucho a Asturias las Guerras Carlistas, que tuvieron aquí muchos partidarios entre los que se contaba el Palacio de Bolgues, cuyos sucesos marcaron su decadencia, según contaban.

En la liberación de Oviedo

Cuando llegaron las tropas que desde Galicia, se dirigieron por el Naranco, guiadas por Cipriano de La Venta, a levantar el cerco al que estaba sometida la ciudad de Oviedo, tuvieron que atravesar el río Nora, pero no por el puente que estaba mutilado, sino vadeándolo, por las"pontes" que había unos centenares de metros más arriba, y cuya conservación estaba a cargo de los vecinos del molino de Quintos y los la Vega. No sé si todavía existen o si se las habrá llevado el río, pero a finales de los cincuenta, cuando yo iba a visitar a los feligreses, ya mayores, de Quintos y Yanadorio, si quería evitar la bajada por el camino de los Arroxos, que era una empinada y solitaria cuesta, me iba hasta la Vega, dejaba allí mi Vespa, y pasaba por las pontes, cuando no se preveían crecidas del río.

 

 

ALLI SE AHOGÓ EL CURA DE BIEDES

El puente también tuvo su cara trágica llevándose vidas humanas. Victorio de Biedes, que vivía junto a la rectoral y fue toda la vida sacristán de muchos curas que pasaron por allí, yo entre ellos, él me contó que, en cierta ocasión, tuvo que acompañar al Sr. cura de Biedes, Don Felipe, a Oviedo para arreglar algún problema en el Obispado. Debió de ser por el invierno. Salieron ambos bien temprano; el viaje a Oviedo era de unas tres horas a pie. Al atardecer, ya despreocupados, emprendieron el regreso, siguiendo la costumbre de aligerar la pesadez del camino con paradas de chigre en chigre donde, a la vez que se aliviaba la sed, se comentaban las últimas novedades. Para esto el pueblo tiene una frase, sin duda, de origen jacobeo, y que emplean con cierta sorna: "volvían visitando todas las capillas del camino" hasta llegar a casa, un poco desinhibidos. El caso es que los dos pasaron el día por Oviedo y volvían, ya tarde, cansados y en silencio, uno a cada lado de la carretera, Victorio delante y el Sr. Cura detrás. Al llegar al puente, los dos se apoyaron en la barandilla, cada uno a un lado. Victorio pasó normalmente y siguiendo Gallegos arriba, llegó a casa como pudo y se metió en la cama sin esperar por don Felipe que seguro que se había quedado un poco atrás.

Al día siguiente lo despiertan con gran sobresalto porque la pareja de la Guardia Civil estaba abajo, a la puerta, preguntando por él para interrogarle sobre don Felipe.

Victorio me lo contaba como si, todavía, muchos años después, no le hubiera pasado el susto: "querían llevame presu, pero yo no sabía nada, creí que don Felipe estaría en la rectoral durmiendo"

¿Qué había pasado? Que, el Cura se dispuso a pasar, asiéndose también a la barandilla, sí, pero a mitad del puente no pudo apercibirse de que faltaba un trozo de barandilla, y ¡ zas¡ se cayó al agua en la oscuridad de la noche. Al día siguiente había aparecido muerto sobre las aguas del Nora. Todos eran testigos de haberlo visto pasar acompañado de Victorio, su fiel sacristán.

Recuerdo que durante algún tiempo, cuando pasaba de noche en mi Vespa por ese lugar, rezaba un responso por el compañero D. Felipe. La verdad es que las barandillas del puente, casi siempre, solían estar medio cayendo: envejecían o se averiaban y así permanecían tiempo y tiempo.

 OTROS SUCESOS EN EL PUENTE

Hace unos años, Pepe, de Ca Renapega de Valsera, en una oscura noche de noviembre y con el río crecido, volvía, pasada ya la medianoche, de trabajar con su taxi en Oviedo. Ya estaba cerca de su casa, pronto se podría entregar al merecido descanso, pero el sueño le traicionó por unos segundos, era en el puente de Gallegos, tampoco las barandillas le salvaron y se vio con el coche totalmente sumergido en medio del río, en la más absoluta soledad y completa oscuridad.

Luchó para salir, logró colocarse sobre el coche retenido por un tronco de árbol, se agarró a unas ramas y alcanzó la orilla. Era tan de noche, que no se atrevió a llamar en casa de alguno de los vecinos. Empapado y muerto de frío logró remontar Gallegos hasta llegar a Los Arroxos, en donde tenía a unos parientes que le condujeron a su casa de Valsera; hubo que llamar urgentemente al médico, pero ya estaba salvado, durmió por fin.

La última victima mortal, que se llevó el puente de Gallegos fue hace poco más de un par de años.

Hoy el viejo puente está ornamentado, vestido de gala, ostentando la donosura de sus cuatro arcos con cicatrices de las heridas mal restañadas de la Guerra. Ahora está en plan de foto, nunca lució tanto su arquitectura: es un auténtico monumento; pero ya no pasan por él ni regueranos, ni peregrinos, ni recuas de caballos, porque una maravillosa y flamante carretera acaba de jubilarlo para siempre, y el viajero ya apenas si se apercibe de que está pasando sobre el río Nora, que marca el límite de Oviedo con Las Regueras.