CINCUENTENARIO DE LA IGLESIA DE SOTRONDIO.

 

 

 

 

El Secretario y Dña. Adelina.

 

En Peñateyera,19 de marzo de 1957

 

 

 

Era en 1956.  Unas semanas antes de mi llegada a Sotrondio, acababa de inaugurarse el nuevo templo parroquial, de San Martín del Rey Aurelio. También yo acababa de salir del Seminario y de repente, hecho sacerdote, fui destinado de coadjutor a las órdenes del  cura D. Marcelino Llaneza.

No sé por qué salí  de Oviedo en el último Carbonero  y llegué ya entrada la noche a Sotrondio. Como había avisado que iba, designaron  a un  monaguillo para que fuera a esperarme. Era un simpático chaval de unos doce años, José Ramón. Era fácil de distinguir porque llegaba  con mi sotana y mi sombrero negro de media esfera y apenas sin equipaje.. Yo iba como a una aventura, dispuesto a todo. Pronto entablamos conversación.  En la oscuridad de la noche yo iba escrutando aquel nuevo lugar y no se me ocurrió más que decir : “ Mira que estrellado esta el cielo esta noche”. El se me quedó mirando, luego empezó a escapársele la risa  y poniéndose compasivo con mi ignorancia, me dice: “ eses estrellines que se ven, son les luces de los pueblos a donde tien que subir Vd.”

Ya el cura me había buscado aposento: dormir, era frente al Ayuntamiento, en casa de Silveria, una mujer muy mayor siempre de negro y siempre rezando. Y Para comer, al Bar de Casa Vallíquín, qué buena amistad tuve con ellos. Era el estanco de la Plaza, al lado de la Academia de D. José. Recuerdo que tenía que pagar 1.200 pesetas al mes. Eso ya era un problema, porque el Obispado no  pagaba a un coadjutor y el Ayuntamiento había aceptado pagarme un sueldo de 5oo ptas.

 D.Marcelino, como era corpulento y no se movía bien, me dejaba a mí lo de ir a los entierros y aniversarios del contorno para que pudiese pagar mi pensión. Entonces yo conseguí una vieja bicicleta y con ella, iba a Blimea, al Entrego... Pero ,  cuando había que subir  a Cocañin o a Santa Bárbara, durante buena parte del trayecto, tenía que llevarla “del ramal”, empujando, procurando inútilmente no manchar mi sotana, con la esperanza de hacer el regreso  montado en ella.

 Yo quería ir a Oviedo a ver a los míos, pero pronto se me impuso que fuese un día al mes. A veces,  tenía la suerte de ahorrar el Carbonero e ir en el Austin de Julio, que debía de ser el único coche que había por allí..

Así empecé mis primeros pasos descubriendo cada día lo nuevo de aquella vida que empezaba para mi.

A Los pueblos  había que subir a pie, ninguno tenía carretera,  pero eso  no me era difícil. La gente se mostraba agradable conmigo. Una vez nos avisaron para subir al Cabañón. Era un caserío que estaba delante del valle de Cocañin, muy solitario. Con aquella mentalidad de la posguerra, me habían informado que eran rojos, y yo subí rezando el rosario para aprovechar mejor el tiempo. Llegué a la casa con desconfianza, empecé a hablar con la enferma, ya mayor. Pero, según íbamos hablando para mí como que se me abría el cielo. La mujer aquella roja, era una santa, pero de verdad. ¡Qué Fe tenía, cómo se mantenía unida a Dios a quien rezaba todos los días!. Me quedé mucho tiempo charlando con ella. Y volví impresionado.

El problema de ser roja  era  que ella vivía en un lugar tan solitario que , claro, los fugaos iban por allí muertos de hambre y de frío  y ella ¿ cómo no iba a darles algo?, “era como si llegase Jesucristo pidiendo limosna”. Pero luego llegaban detrás los guardias que ya la tenían fichada  y la hacían sufrir mucho porque la consideraban alcahueta y hasta le pegaban para que cantase. Con qué paciencia y con qué Fe soportaba su destino.

Nosotros  éramos seis hermanos, de pequeños, tenían que dejarnos con mi abuela. La pobre se veía negra de aguantar tanto crío. Para tenernos a todos a raya nos sentaba juntinos y  nos contaba cuentos de miedo, y hasta se ayudaba de leyendas que empezaban diciendo; ”Cuentan la Crónicas de San Benito”.. Entonces nos describía historias como la de  Pelagio, que era tan santo y hacía tanta penitencia, que no se conformó con vivir en el convento y pidió vivir él sólo en una cueva a donde iba la gente para oírlo y ser bendecidos. El diablo, que no descansa, lo tentaba una y otra vez hasta que el pobre cayó en un pensamiento deshonesto. Debía ir a confesar de inmediato con el Abad, pero sintió vergüenza y lo que hizo fue multiplicar sus sacrificios y penitencias...y murió.

 Le hicieron procesiones solemnes hasta enterrarlo en el centro de la iglesia.

Pero cuando el sacristán, al alba, iba a tocar las campanas advierte que el cuerpo está sobre la tumba. Entonces revestidos todos los monjes con el Abad le dicen “En nombre de Dios te decimos que si quieres otro lugar más digno...”,  pero él, echando fuego por los ojos,  dijo: “Por justos juicios de Dios estoy condenado, sacadme la Hostia que todavía tengo debajo de la lengua y arrojadme a un muladar(¿qué sería un muladar?)

Cuando terminaba, nos decía güelina: “Hala , ahora a mear y pa la cama”. Estábamos todos juntinos y nadie se movía. Nos decíamos unos a otros: “vete tú primero”.

Bueno, pues con cuentos como éstos, llegó el pobre Celso a terminar la carrera y todavía pensaba sin confesarlo:  “Ay, Dios, que nunca me vea sólo con un muerto”.

Ya, ya. Eso fue hasta el Día de la Asunción. Acabábamos de decir las misas y yo tenía que acompañar a D. Marcelino a la Confitería, aunque fuese sólo un rato.

En esto que suena la sirena del pozu de San Mamés.” Que hay un accidente, que hay muertos”.“Hay que ir allá”.

 El Cura no es que me mandará a mí, pero yo lo tomé como mío. Corrí a la iglesia a por los Santos Oleos. Encontré un paisano en una moto, lo paré y se lo expliqué y me llevó hasta allá. Delante del botiquín había unas docenas de hombres todos negros del carbón. Pregunté : “donde está”. Me abrieron una puerta pasé y la volvieron a cerrar. No sé lo que hice:  recé lo del Ritual. Le puse la unción en la frente y se me quedó el carbón en el dedo. Yo bajaba mirando para el dedo, para cerciorarme de que se la había puesto.

Recuerdo que fui de frente a casa Silveria, me eché encima de  la cama  y estuve así hasta el día siguiente que tenía que abrir la iglesia a las seis de la mañana.

Por si esto fuera poco, unos pocos días mas tarde, una noche, estoy en casa de Valliquín y me avisan que el tren acaba de atropellar  a uno a la entrada del túnel. Esa vez ya no fui solo, pero estaba tan  desparramado que anduvimos con linternas buscando la cabeza para ponerle la Santa Unción en la frente.

 Así que nada más llegar a Sotrondio aprendí a no tener miedo.

  Me pasaba mucho tiempo en la iglesia con una colección de libros del Evangelio Explicado para preparar la homilía del domingo. Un día  me dice el monaguillo: “Oiga. ¿Qué ye eso que haz Vd. de venga a leer y leer y de vez en cuando escribe un puquiñín?” Es que lo escribía pero luego no me parecía que estaba bien, y hala, otra vez.

        Había unos grupos de gente muy buena: Nievines, que cuidaba la iglesia.  La mujer de Sabino el de los muebles, que era tan religiosa , que quería a toda costa que sus dos hijos fuesen sacerdotes.  Lupe la de la Capilla de la que se corría la voz de que se le había aparecido la Virgen ( y además lo podías creer por lo buena que era). Jesús el del Pontón, ¡Qué paisano¡. Porque me encargaron de llevar la HOAC. (Lo de las chicas lo levaba D. Marcelino para evitarme problemas).¡ qué grupo de hombres llenos de buena voluntad y ganas de hacer por los demás!

Así y todo hicimos un Cuadro Artístico y empezamos a ensayar obras de teatro. Mi hermana Tinita había estado de maestra en Castañera de Belmonte y había sido la admiración hasta del Alcalde con la representación de “Los tres cariñinos”.

Entoces se me ocurrió hacerlo en Sotrondio. Era evidente que en la Iglesia nueva faltaban muchas cosas:  había que poner un buen servicio de altavoces y no había dinero. Yo tomé aquella labor con entusiasmo. Llegamos a juntar unas 16.000 pesetas..

El caso es que hablamos con Jano y nos dejaba el teatro Virginia.  Luego fuimos a Blimea y al Entrego..a donde fuera. En vista del éxito y del entusiasmo de todos, al año siguiente preparamos otra obra. Era “El Diablu en l´aldea”.

 

 

Había gente ya mayor que quiso trabajar y lo hacía muy bien: aquella Honorina de junto al Puente...y Fructuoso el de la Cafetería.  Y aquella mocina, Luisi, que daba conciertos en los entreactos acompañada  nada menos que la banda de música nuestra..

Por suerte encontré entre los libros  este papel con el reparto de actores. Supongo que algunos todavía lo recordarán con  cariño y añoranza, pues esas experiencias no se olvidan..

Hay muchos más recuerdos, porque aunque solo estuve dos años, eran los dos primeros de mi  nueva vida y todo tenía ese sello de novedad y estaba nueva mi capacidad de admirarlo todo.

 Ahora, todo estaba ya olvidado; pero hace uso días, con motivo del cincuenta aniversario de la inauguración del templo parroquial de Sotrondio, D Aurelio Noval, el cura de Sotrondio indagó hasta que encontró mi dirección y me llamó por teléfono. ¡Me hizo tanta ilusión¡...Gracias, Noval.