En los años cincuenta, cuando llegué a estas parroquias, todavía s o oía hablar  alguna que otra vez de las últimas  “cencerraes” o “pandorgaes” que habían tenido lugar por estos contornos.

Ahora, al ponerme a escribir sobre todo esto, me viene a la mente  que mi abuela Concepción, siendo casi una niña  tuvo que emigrar desde Villoria a Turón para trabajar allí de criada. Quiso el destino que el amo se quedara viudo y viniera a casarse de nuevo con ella. Eso trajo como consecuencia que  en el pueblo les  hicieran  la vida imposible, por lo que se vieron obligados a vender su hacienda y trasladarse a Villoria.   Allí, en el barrio de la Picota, reconstruyó su familia, edificó dos casas que todavía existen. El pueblo los  apodó siempre como “los de ca Turón”. Fue allí donde en un mes de abril me trajeron al mundo.

 No era frecuente que en una parroquia se diesen las coincidencias requeridas para organizar una cencerrada. Yo mismo, a pesar de estar con vosotros  cerca de 20 años, no recuerdo ahora mismo más que un caso. Fue por los años sesenta, pero, como todavía pesaba la sombra del miedo a estos actos, decidimos realizar al ceremonia antes del amanecer.

Este tipo de actuaciones de los vecinos de los pueblos ante un acontecimiento de este tipo se arraiga en una tradición popular muy extendida.

Existe aún  en muchas partes del mundo como la India, y de algún modo, está reflejada en la Biblia, cuando San Pablo, al poner las condiciones  para que uno pudiese ser nombrado obispo, dice: “que no esté casado dos veces”.  

 

Cuando esto sucedía, surgía una especie de puritanismo popular que imponía a los vecinos  la organización de un extraño ceremonial nocturno. Una serie de actos , que se preparaba con todo secreto, por buena parte de los vecinos, y que se iba comunicando de persona a persona, como se hace ahora con los emails  .

 

Estas cencerradas acababan  siendo molestas y mortificantes para los pobres contrayentes. Se hacían en nombre de una cierta pureza de costumbres, pero entraban también con frecuencia  los intereses hereditarios. Las más de las veces, llegaban a resultar injustas y crueles.

 Los pueblos vivían medio incomunicados, sumergidos en la rutina  y ausencia de acontecimientos. Casi el único aliciente era esperar al verano para asistir a las fiestas patronales  que se reducían a los actos litúrgicos de la mañana y por la tarde a la efímera romería donde al son de la gaita y tambor, se bailaba hasta el oscurecer, porque había que llegar a casa de día. Se vigilaban muy bien unos a otros para poder criticar a las madres que permitiesen que sus hijas llegasen una vez caída la noche.

 

Un “pandorgá”  era la ocasión de ser un poco subversivos. Algunos aprovechaban la oportunidad de poder meterse con el vecino, amparados en el anonimato, pero los más buscaban un rato de diversión, recordando otras ocasiones anteriores  que estaban en la mente de todos.

 Incluso se presentaban como los conservadores de las buenas costumbres: que se marcara bien a las claras  lo que se debía y no se debía hacer según las pautas aceptadas por la comunidad.

 

Llegado el momento, amparados en la oscuridad, las gentes iban saliendo con disimulo, en pequeños y silenciosos grupos, dirigiéndose a los montes cercanos a la casa de los recién casados. Desde allí tomaban posiciones para presenciar e incluso participar, haciendo coro, en los mensajes que desde diversos lugares  se lanzaban al aire con voz poderosa, que parecía aumentada por el silencio y la oscuridad de la noche.

 

Eloína de ca Candás recuerda una cencerrá, a las que las niñas les estaba prihibido asistir, por lo que se reunieron en ca El Tabeñu, en La Chabola y desde el corredor escuchaban  la pandorgá que estaba teniendo lugar  nada menos que en Priañes. Ella afirma que se oía con toda claridad. Como hay una buena distancia , yo le sugería que si no habría altavoces. .-“Que va. Yo creo que ni siquiera  había llegado la luz eléctrica”

Ay Manín, Manín

Bien te lo fueron decir,

Que ahí entrar entraríes,

Pero de ahí non saldríes.

En esta ocasión parece ser que participaba mucha gente  venida de todos los pueblos de la redonda. de Campanal, Rañeces y Tahoces, de Santa María de Grado...., que habían tomado posiciones alrededor de los meandros del Nora.

 

En Escamplero hubo una  pandorgá, que, aunque parezca increíble, todavía recuerdan algunos vecinos.. Fue en 1931. Así que estos testigos debían de ser de muy corta edad entonces.

 Tuvo lugar cuando se casó Marcela con el padre de Palmira. Los vecinos, siguiendo las tradiciones se pusieron rápidamente de acuerdo y pronto surgieron rapsodas improvisados para la ocasión. Parece ser que Vicente Sienra y Rogelio Ranapega eran los que  estaban más inspirados para ello. Todos contribuían, eso sí, con mucho secreto, a comunicar oralmente el lugar  y la hora. La noticia corría como reguero de pólvora de pueblo en pueblo

 

Bien entrada la noche, empezaron a salir hacia el monte de La Trecha los de La Venta, Escamplero, La Chabola...   Mientras que los de Valsera, Taraniello, Andallón y demás barrios de la parte  oeste iban tomando posiciones por el lado de la Xarrina.

Llegado el momento se lanzaba desde un lado el grito que era como un trueno en la noche:  ¡¡Biiim!!. Del otro lado respondían: ¡¡¡Baaaam!. Y ya todos a la vez: ¡¡¡Bombaaa!!!

Un grupo de hombres a veces, otras, uno solo, empezaba a entonar a pleno pulmón las coplas que llevaban aprendidas, mientras se improvisaban otras sobre la marcha, pues todos se animaban y colaboraban, incansables durante las  largas horas de la noche.

Todos estaban atentísimos para no perderse ninguna de las puyas y así poder comentarlas cuando llegasen a casa. Es casi increíble, pero se repetían como romances populares. Así,  después de más de siete décadas , todavía podemos recuperar algunas de aquellas estrofas.

Ay Eusebio, Eusebio,

Qué bien lo decía la difunta,

Que pa non casate tú

Tenín que cortate la punta.

 

Ay Marcela, Marcela

¡Vaya suerte que tuviste¡

Que entraste ahí sirviendo

Y de ama te  saliste

 

Ésta es de otra  cencerrá:

 

Ay Mariína, Mariína,

Ya te veo en angarielles,

Porque llegote una nuera

Que tien muches perendengues.

 

 

 

 

  De un lado y del oro del valle resonaban las voces. Nadie dormía. Los más audaces habían tomado plaza en el monte, amparados por la oscuridad. Los demás desde  casa, con la luz apagada y la ventana entreabierta escuchaban las puyas, y gozaban de los golpes de gracia que tenían aquellos improvisados poetas.

 

Pero ésta debió ser de las últimas cencerradas  que hubo en Las Regueras. Yo la situaba a mediados de los años cincuenta, poco antes de llegar yo, pero ¡qué va¡. Comentándolo con Honorino, que nació de aquel matrimonio al año siguiente, resulta que la fecha exacta es la de 1931.

 

Esta vez los recién casados  ya no tenían ganas de soportar semejantes fiestas  a costa suya. En un pueblo es casi imposible guardar   el secreto del todo. Siempre había amigos que los informasen con mucho secreto: “no me descubráis, pero para esta noche tiénenla prepará”.

Entonces hubo algunos de la casa a quienes se les ocurrió cortar por lo sano. Ni cortos ni perezosos mandaron un mensaje a Trubia, donde estaba el puesto de la Guardia Civil, para que estuvieran alerta en aquella noche. ¡Con qué humor subirían los guardias camino del Escamplero¡ Tenian que hacer varios kilómetros a pie  en plena oscuridad, después llegar hasta el monte para perseguir a los quebrantadores del orden, apresarlos, repartir leña y llevarlos al cuartelillo de Trubia.

 ¡ Menuda excursión como final de fiesta les aguardaba¡

Cuando la función nocturna estaba en el momento más animado y cada cual se esforzaba  en contribuir para alargarla más, se empieza a correr el rumor de que suben los guardias. Fue como si de repente se hiciera de día.

Cundió el pánico entre la gente. Todos echaron a correr a la desbandada. Se desgarraban los vestidos entre los artos y les cotoyes. Muchos llegaron a casa descalzos y andaban en los días siguientes buscando por el monte  les sus alpargates”. Hubo quienes buscaron para esconderse  algunas trincheras de las que quedaban por el monte de La Trecha, restos de antiguas minas de hierro. Allí acurrucados sin gurgutiar, se pasaron largas horas de la noche, como lo recordaban con humor José Mingón y su mujer. Otras vecinas como Delfa Cachano  Amelia Taraniello y la abuela de Gelín de la Verruga  echaron a correr monte abajo, palpando en la oscuridad, y no pararon hasta llegar al río Nora.

 

Por fin los guardia no se llevaron a nadie. Al día siguiente andaban por las casas averiguando quiénes eran los autores de aquellas coplas y quiénes habían participado...pero  la gente no sabía nada de nada, porque todos estaban implicados, y si uno cantaba la venganza sería terrible y salpicaría a todos .

 

 Luego los comentarios en el pueblo duraron días y años  hasta hacerse leyenda. Cada cual en el chigre, delante de un vasín de vino iba contando la aventura propia y las ajenas, acrecentándolas con aires heroicos...Y así llegaron algunas de aquellas coplas hasta nosotros, y pude recogerlas visitando esta semana a algunos vecinos. Tuve que hacerlo así porque me vi apurado para ofrecerle a Marcelino  algo con qué confeccionar el programa de las fiestas del Carmen de este año.

Marcelino se despidió el año pasado y dijo que se retiraba, pero ¡qué va¡

Ése lleva en la sangre los genes de su abuela, la famosa Belarma de la Csanueva, que parecía una “public relations” de aquellos tiempos.

 A además Marcelino sabe muy bien que, en retirándose él, se acabó el Escamplero entrañable.