Casa Rogelio

El primer teléfono del Escamplero.

El cartero.

La boda de Jovita.

El chigre.

Luisa: la cocina, la carnicería.

 

 

 

 

Alguna vez se podría hacer un estudio   sobre la contribución social de aquellos chigres-tienda , que abundaban en todos los pueblos de Asturias.Costituían el primer punto de información para el visitante, y era el lugar donde se comentaban los pequeños y grandes sucesos.

Se me viene a la mente el recuerdo de aquellos chigreros de los años 50-60, que había en casi todos los barrios y tenían una autoridad indiscutible.

Uno de esos chigres era el de Casa Rogelio  de Ranapega y Luisa, justo delante de la Iglesia de Escamplero, al lado de la escuela de La Carcabina.

Rogelio era toda una institución  en la vida de la parroquia, a la que conocía bien a fondo. Era una magnífica fuente de información para el cura que llegaba nuevo. Cuántos ratos pasábamos comentando las visitas que realizaba yo, continuamente, a cada una de las familias de mis feligreses.

El consideraba a todos como de la familia y conocía la historia de cada uno La gente también le correspondía con la misma consideración. Marcelino de La Casanueva  me comentaba que Rogelio estaba siempre al corriente de  todos los pequeños y grandes sucesos de su parroquia. Era el el primero en enterarse  de todo.Él era el cartero del pueblo y todas las misivas de España o América  que llegaban,  eran entregadas en mano  a las familias  y con frecuencia ,comentadas.

El primer teléfono en El Escamplero

El alcalde, Manín de Casa del Correo, había conseguido llevar el teléfono  a Santullano.Fue instalado en el chigre, que estaba delante de la Casa Consistorial. Poco después se colocaron otros dos en Escamplero, uno en Casa Cipriano y el otro en Casa Rogelio Es to se consiguió al principio de los años 60

. Era teléfonos de rabil a través de una operadora. Por él se recibían las novedades del exterior y se mandaba el recado personalmente a los interesados .

Cuando Rogelio  se enteraba de alguna mala noticia, él mismo acudía a la casa, sin quitarse siquiera el mandilón con el que trabaja y se ofrecía para lo que hiciera falta.. La economía de aquellos tiempos era casi siempre de subsistencia.. Para afrontar  un cosa imprevista , había que acudir a la venta de una res, y eso no era fácil  hacerlo sobre la marcha. Eso lo sabía muy bien Rogelio. Por eso llegaba rápidamente, procurando consolar en lo posible como buen vecino, pero sobre todo buscaba la oportunidad para ofrecer  discretamente su ayuda e

económica. La gente sabía que lo decía de corazón.

La iglesia está estrateégicamente emplazada en el centro  de la parroquia. Y justo enfrente, el chigre de Rogelio Todo el mundo tenía que caerse por allí, y así que se convertía en el centro de todas las actividades  del lugar.

Rogelio había nacido allí mismo, en Ranapega, a escasos  cien metros, en el caserío que  llevaban en renta sus antepasados .

La carretera de Santullano, hecha a principios de siglo, les  había cortado su finca por la parte sur, dejando una pequeña franja aislada  donde el amo les dejó construir una  casita  para ellos. Se aprovecharon las piedras que salían de la misma carretera. 

Poco después un incendio destruía la iglesia parroquial del pueblo de Valsera,  y fue entonces cuando el cura D. Marcial se decidió a trasladarla a un  lugar más céntrico, en el Escamplero, pues la parroquia con  casi  veinte pueblos era la más importante del Concejo.

La casa, recién construida fue alquilada al Cura, que acababa de inaugurar también nuevo templo  a escasos metros de distancia. Y allí vivía, el ama de cura , Emilia, que también era de la casa Ranapega de Balsera

 . La vieja rectoral  de Valsera hubo de ser abandonada pues quedaba ya muy lejos del nuevo templo, pero también  porque los vecinos de Valsera tomaron muy a mal que les  quitasen la secular tradición de tener allí la sede parroquial con su cementerio y todo.

La vieja  Casa rectoral fue deteriorándose hasta que en mi tiempo fue adquirida por el médico José Antonio Quirós, que la reformó entera.

 

 

 

El chigre de Ca Rogelio

 

Rogelio tuvo la idea de poner un chigre. en pleno frente de guerra, para los soldados allí destacados, en su casa de Ranapega.

Su vecino Manín de Sienra le prestó cincuenta pesetas con las que trajo de  Grado  el burro cargado de vino y coñac.  A los diez días ya pudo devolver el préstamo y volver a por más suministro. Las cosas  le iban muy bien hasta que  la casa recibió un par de cañonazos y quedó inservible.

 Al acabar la Guerra ya  volvió a poner su  chigre con una de esas tiendas de pueblo que tenían algo de todo, hasta carnicería, que se hizo famosa por sus embutidos. Fue donde crió a sus hijos Casimiro y Joaquín

Rogelio conocía a todos  y cada uno de los feligreses. No había novedad que él no registrase. La historia de cada uno estaba en su cabeza. El se sentía un poco responsable de todos

Y cuando se caía por allí algún chaval en busca de moza el sonsacaba lo que podía para ver sus intenciones no fuera que vinieran a engañar.

 

 

Un boda en Taraniello

 

Rogelio después de servirles,  saliendo del mostrador   solía  sentarse con ellos poniendo la silla al revés, con los codos apoyados en el respaldo. “ Qué te trae por aquí?’.. Moces hayles y guapes..”

Un día llegó Eliseo, venía desde la Felguera en bicicleta.  Pensar lo que era venir para pasar unas horas con la moza desde la Felguera por carreteras tortuosas y cuestudas... La gente cantaba como lo más normal de mundo:

No hay carretera sin baches

Nin prau que non tenga yerba...

 Bueno,  pues Eliseo, después de tanto camino, tenía que parar también en Casa Rogelio y someterse a las preguntas de rigor.

 Jovita de Taraniello  era por entonces una moza tan apañada que desde los trece años  ya salía a trabajar cosiendo por las casas. Hacía mucho tiempo que en casa de Luisa empleaba un día de la semana.

Rogelio  alababa y mucho las cualidades de la mocina ante Eliseo. Después de dos años, por fin se casaron. Era un trece de Enero... Pero entonces los inviernos eran más serios que ahora. La moza con un hermoso vestido de novia, que ella misma se había confeccionado, no tuvo más remedio que calzar  les madreñes para salvar el kilómetro abundante que había desde su casa de Taraniello hasta la iglesia, porque, precisamente aquel día, había caído una buena nevada. Y volvieron ya casados y felices, de madreñes. En este caso también le venía bien el cantar que dice.

Voy comprate unes madreñes

De tacón que te levanten,

Yes piquiñia y no alcances

A los brazos de tu amante.

El caso es que  hubo una buena fiesta. Porque unos días antes habían llamado a Luisa la de Rogelio para que se encargara de cocinar para la boda. Ella se ofrecía para hacerlo gratuitamente. Y el banquete fue debajo del horro. Se improvisaron las mesas y los bancos y se celebró con alegría la fiesta. Y no faltó la gaita, ni los cantarinos, ni la sidra. Que todo eso espantaba el frío.

 

 

Luisa, su cocina y su carnicería

 

Luisa y Rogelio, siguiendo la tradición de la casa, hospedaron allí al cura que me precedió a mí: Pero claro, en el chigre la gente se animaba, cantaba, gritaba y decía palabras inconvenientes, que podían llegar a los oídos del cura. Eso les tenía siempre en vilo. Por eso cuando fui a pedir hospedaje, ya no lo pude conseguir. Pero la amistad que me ofrecieron, el afecto y la ayuda en todo, no tuvieron límites.

Luisa era la que me recogía todas las colectas y limosnas de la iglesia. Incluso me proponía las pequeñas reformas posibles según el dinero que hubiera reunido.

   Desde la primera excursión que hicimos a Lourdes (cada viaje duraba de dos a tres semanas) ellos eran participantes fijos.

 Una vez tuvo Luisa el humor de llevar desde aquí todos los ingredientes para hacer una paella, para invitar a los más de cincuenta que formábamos la expedición. Paramos en un descampado, allá por Aragón, junto a un río, todos buscamos leña para el fuego, y Luisa, muy remangosa, venciendo todas las dificultades, logró contentarnos a todos.

Aquellas excursiones se hacían inolvidables, porque casi nadie viajaba. Muchos años después, encontré gentes que no dudaban en decirme que aquellos viajes fueron los días más agradables de su vida.

 Pero también le di algunos disgustos a Luisa. Era hacia el 73. Acababa de terminar la licenciatura y daba ya clase en el Instituto de Pravia. Mi primer sueldo ya fue de dieciocho mil pts. Era más de tres veces superior al que recibía yo del Obispado. Así que ya pude contratar a Luis de la Teyera, que después de salir de la Fábrica de Trubia, me echaba unas horas diarias preparando La Carcabina para ser habitable y poder dejar en ella a mis padres.

Delante de la casa, donde está ahora la puerta del garaje, había una roca cuyos resto asoman todavía por debajo del muro, en la parte exterior. Después de mucho pelear con ella en vano, acudí a mi buen vecino Luciano que era dinamitero en la cantera de Andallón. Nos señaló  el lugar donde debíamos hacer los agujeros para colocar medios cartuchos de dinamita y acabar en un momento con aquel obstáculo. Para evitar  peligros mandó preparar un metálico viejo  que se pondría encima para contener los efectos de la explosión y que no pasaría nada. Como a Luciano el trabajo en la cantera de Andallón le ocupaba la semana entera , no tuvimos más remedio que hacerlo en domingo. Debía ser después de la misa dominical. Esperamos un buen rato para que se fuera la gente que había acudido a la misa. Avisamos en el chigre, se colocó mi padre a un lado de la carretera por si venían coches y mi amigo José Ramón de La Trecha al otro lado. Luciano colocó los petardos y encima, estratégicamente, el metálico. Dio la voz de fuego y disparó. ¡Qué susto tan grande¡... El viejo somier salió volando por los aires y fue a posarse sobre los cables del tendido eléctrico que pasaba por encima de la cuneta de junto a la casa. Cada vez que rebotaba sobre los cables  se producían unos terribles chispazos. Las piedras más gruesas quedaron retenidas como estaba previsto, pero unas cuantas más pequeñas fueron a parar al tejado de Casa Rogelio, que, como estaba a teja vana, produjeron un estruendo enorme y el susto consecuente.. Aquella vez sí que se me enfadó Luisa y dicen que entre dientes murmuraba: “esti cura ye un roju”.

Yo corrí a La Teyera a llamar a  Luis y revisamos cuidadosamente el tejado entero. Y, la verdad, en cuanto se le pasó el susto, me perdonó.