Anécdotas del último médico de Las Regueras, don Emilio Jaqueti

 

Por Celso Díaz Fernández

 



 Cuando se celebran acontecimientos familiares, suelen venir a la memoria hechos de otros tiempos, que a veces fueron trágicos, pero que, ahora en el recuerdo, vienen a convertirse en alegres rememoraciones. Este sábado pasado casaba Mariger a su segunda hija Sheila. La ceremonia tuvo lugar en el templo parroqual de Escamplero, que aparecía hermosamente engalanado para tan solemne acto y flotaba en el ambiente ese encanto especial que tienen estas ceremonias en una iglesia de pueblo, como la del Escamplero. Delante de la Carcabina, pude felicitarles a la salida de iglesia,y dentro del nerviosismo y la preocupación de una madre en esos momentos para que todo se desarrollara bien,le recordé mi propósito de escribir sobre D. Emilio y la enfermedad sufrida por ella en los primeos meses de su vida. Ella me dijo: “Cuánto me gustaría que lo escribiese y que yo también pudiese poner algo para agradecérselo”.

. A pesar de su juventud, Mariger me contaba que ya es abuelita desde hace algunos meses. Ella , como la inmensa mayoría de aquella pléyade de niños que yo tenía en la catequesis, con el paso del tiempo, hubo de emigrar a la ciudad donde asentó su vida. Pero sin perder nunca su afecto hacía Las Regueras, donde todavía viven sus padres,  Pepe de La Rabaza y Cuca del  Formigueru  de Lazana, con los que se mantiene  en una constante y afectuosa  relación.

 Mariger era  la tercera hija que tuvo el matrimonio y se criaba muy bien, pero cuando tenía sólo tres meses, le sobrevino una grave enfermedad de ésas que se llevan la vida sin remedio, (hablamos de  los remedios que entonces existían), lo que había sumido a sus padres en un dolor profundo. La niña se moría de unas fiebres altísimas que la consumían.

Su madre, Cuca, se trasladó a casa de sus padres en el Formigueru para que la ayudaran a cuidarla  y poder estar más cerca del médico de Santullano.

 Éste la visitaba asiduamente, pero la niña no mejoraba, por lo que les aconsejó pedir un taxi y llevarla a un especialista a Oviedo.

Entonces era muy frecuente el uso de aquella fatídica frase, que sonaba como la antesala de la muerte: “estar desahuciado”. Pues con ese diagnóstico  volvieron de Oviedo su madre y su tía Laudina, hechas un mar de lágrimas. Por indicación del especialista, habían comprado a toda prisa, en  una farmacia  un balón de oxígeno para intentar que llegase con vida a casa.

Antes de llegar a Lazana, se dirigen al Médico, que recién terminada la consulta diaria, estaba sentado a la mesa. Allí se presentaron ellas  con su triste mensaje. Cuca  al relatar aquella escena, que no olvidará nunca, todavía no puede dominar sus emociones: “el médico estaba comiendo. En su plato había una zanca de pollo, lo recuerdo bien. Al vernos llegar llorando con aquella noticia, él dio tal fuerte puñetazo en la mesa, que la zanca que se disponía a comer saltó del plato  y rodó por el suelo, mientras él decía en voz alta: “Esa niña no se muere, ¡¡¡ no se puede morir!!!

Diciendo esto se levantó, tomó su coche y siguió al taxi hasta la casa.  Durante tres días con sus noches estuvo intentando tratamientos  que hicieran bajar los 42 grados de fiebre que abrasaban a la niña; pero la enfermedad seguía su curso: la criatura  ya no lloraba, ni se movía, consumida por la fiebre.

Don Emilio leía mucho, tenía verdadera ansia de aprender y se preparaba  sin descanso. Fue entonces cuando, encomendándose a Dios, tomó una decisión draconiana. Mandó que le prepararan un buen balde de agua y unas sábanas limpias. “Habrá que calentarla”, musitó la madre: – “No, no: que esté bien fría”.  

Le colocaron el agua al lado de la cuna. La madre, aunque tenía toda su fe puesta en el médico, al ver a la niña que ardía con aquella altísima fiebre, y al médico que cogía en sus manos aquel cuerpecito desnudo y moribundo, no pudo reprimir una exclamación entre dientes: “¡Hay madre, ahora se muere¡”. Durante unos segundos que parecieron infinitos, la mantuvo  sumergida en  aquellas frías aguas. Luego la sacó y la envolvió en las sábanas. Repitió la operación dos veces más y la acostó en su cuna.

 Siguió después un profundo silencio de angustiosa espera donde los ojos de todos miraban a la niña y al médico. Después de un rato  la  niña reaccionó con una diarrea enorme en la que expulsaba abundante líquido negro. La madre, atisbando un rayo de esperanza, murmuró: “Esto es bueno”; pero él la interrumpió diciendo: “No se sabe, hija, no se sabe lo que es bueno. Hay que esperar”.

Fue como un milagro. La niña se fue reponiendo y sanó, y se crió muy sana, nunca más se resintió de aquello, ni tuvo enfermedad grave alguna hasta el día de hoy en que se lo estuvimos recordando, a la vez que le dábamos la enhorabuena a la salida de la iglesia, mientras se mostraba tan contenta y elegante, luciendo sus mejores galas para la boda de su segunda hija.

 Celso Díaz Fernández, hijo Adoptivo de Las Regueras.