40 ANIVERSARIO DE LA IGLESIA DE ESCAMPLERO.

 

Me llamó Marcelino de la Casanueva.  Que tengo que contar cosas  de Las Regueras para el libro del Programa de la Fiestas del Carmen, de éste año de 2008.

 

 Lo primero que se me ocurre  es celebrar el CUARENTA ANIVERSARIO de la inauguración del la iglesia de Escamplero. Pero..¿ ya pasó tanto tiempo?

 Empecé a luchar por ella diez años antes, hasta que aquel  día de Abril de hace 40 años, vi realizados mis sueños: lo conseguí: pude ver una iglesia flamante y bonita como yo la había soñado.

Así que este año es para mí el CINCUENTA ANIVERSARIO  DE MI  LLEGADA A  LAS REGUERAS. Precisamente fue el día   primero de  Julio del 58 cuando   “vine a vivir con vosotros” en Las Regueras.

 Son  mis bodas de oro  con  Las Regueras.

Lo de la iglesia de Escamplero fue una lucha constante y penosa con toda la burocracia . Para mí era todo tan nuevo, que apenas sabía por dónde  empezar. Pronto vi que en Oviedo no había nada que hacer. Había que ir a Madrid. Pero yo nunca había salido de casa. Del  internado del Seminario fui destinado a Sotrondio. Allí, de coadjutor, apenas podía visitar a mi familia en Oviedo una vez al mes para que mi párroco no me pusiese mala cara.

En todos aquellos primeros meses del otoño del 58 fui  haciéndome  a la idea.,hasta que  en Enero, nada más pasar la primera Navidad  con vosotros,  tomé el tren  y me planté en Madrid sin saber bien a donde dirigirme. Alguien me había recomendado una vieja pensión en la calle Atocha, que estaba muy cerca de una iglesia. Una vez allí, busqué el gran edificio de   Los Nuevos Ministerios, que pronto se me haría familiar.. El mío era:   Ministerio de la Vivienda. Junta nacional de Reconstrucción de Templos Parroquiales.

 

 Yo pedía ver al responsable  de la Vivienda. Recuerdo que, por lo que fuera, no me podía recibir, que no estaba , que podía irme; pero les dije que había venido  desde Asturias, sólo a eso, y que esperaría lo que fuese necesario. Pues me  pasé el día entero en los pasillos, con mi manteo, mi sombrero  y la sotana; que entonces imponía. Me presentaba como cura del Escamplero. Muchos de ellos lo conocían porque  habían participado como soldados en las duras  batallas  de nuestra Guerra Civil y hasta habían pasado temporadas durmiendo dentro del templo, dedicado a cuartel.

Ya eran las ocho de la tarde cuando alguien se compadeció de mí y me recibió. “el recuerdo más grato que guardo de mi viaje a Madrid  fue la visita que Vd. me concedió a una hora tan tardía.. Me cautivó la paciencia y bondad que empleó conmigo...cuando yo sabía, porque fui testigo ocular, de que su trabajo había sido continuo desde las primeras horas de la mañana ¡ Y eran ya las ocho de la noche!”.

  Entre los empleados debió causar impresión aquel curin que se había pasado  el día entero esperando a que le atendieran..

 

José Ramón de La Trecha,  estudiaba entonces Derecho e iba en bicicleta  y con el obligatorio traje negro y corbata, a las clases de la Universidad ,en la calle San Francisco. El me había hablado de su tío  don José Suárez Mier, secretario del Ministerio del Trabajo, que vivía en Madrid., aunque era de Biedes, de Ca El Ferreru de Mariñes.

 También me presenté a él  y me recibió y pronto nos hicimos amigos.  Poco  después de mi visita a Madrid, me escribió una carta en que decía que las cosas no iban bien:  “..lamentando mucho que los optimismos  adquiridos en estas latitudes, hayan decaído tan  rápidamente....Yo visitaré al Sr. Bringas, pero antes  me parece oportuno actuar sobre los efectos personales que su viaje causó en Enero último, ya que de lo contrario será tanto como “volver a empezar”.... En fin, no desmaye”..

Está fechada el 27 de Abril de 1.959.

Tuve que ir a  Madrid muchas veces para comprobar cómo  el proyecto de mi iglesia de Escamplero iba pasando,  año tras año, de un departamento a otro,  mientras yo  me desesperaba sin  tirar la toalla, aunque muchas veces me sentía tentado a ello.

 Al principio me parecía demasiado arriesgado ir  solo en Vespa a Madrid y hacía los viajes en  el tren; pero cuando conseguí el primer  Seiscientos, ya me sentía capaz de ir a todas partes. Eso sí,  tenías que saber mecánica a la fuerza.: nunca podías estar sin una llave fija del 18, una correa del ventilador y una tapa del delco y, por supuesto: rueda de recambio.  Por lo demás nunca vi un motor  tan fácil de manejar como aquel. Una vez llegué a ponerlo a ciento doce durante unos segundos por la llanuras de Castilla  y lo comentaba como una proeza. Pero tal vez lo que me daba más miedo era que, al  ir un poco de prisa, la dirección no respondía bien. Para remediarlo me dieron un consejo muy práctico: nada de meter un saco de cemento bajo el capó. Sencillamente, al salir de Oviedo,  había siempre un montón de reclutas  que volvían de permiso y  hacían autostop. Yo me fijaba en el más fuerte y más pesado y lo invitaba a subir a mi lado.

 

 Otra vez, cuando volvía ya de uno de aquellos viajes, recuerdo que paré a cargar gasolina  en Benavente. Allí me afearon todos el que llevara los neumáticos ensañando ya lo blanco. Que si era un peligro público, que siendo cura... Nada, que tuve que comprar allí mismo  las dos ruedas delanteras, sólo, porque no había para más..

 Esto de la iglesia de Escamplero fue una larga odisea de la que conservo todavía una veintena de cartas que merecerían un comentario más reposado.

 

 

LOS BANCOS DE LA IGLESIA

Lo primero que se me ocurre  es volver a leer las listas de  aquellos buenos feligreses  que contribuyeron generosamente  para los bancos de la iglesia.

Cuando llegué el año 58 sólo había un banco largo  y simplón que ponía en letra grandes”propiedad de José Camacho”. Aquello no me gustaba, porque al lado y rodeándolo todo, había un enjambre desordenado de reclinatorios, que cada familia tenía,  adornados lo mejor posible y por el que se pagaba una pequeña cuota anual..

Había que poner bancos para todos... Pero tendría que pasar mucho tiempo hasta que,  en aquel día de la inauguración de la Iglesia,  pude ver a los feligreses sentados en los nuevos bancos tan  largamente deseados . Y ¡qué bancos¡

Teníamos entonces los españoles un hermoso bosque en África, que era  La Guinea Española. Uno de los árboles que más se exportaba a la Península, era palo rojo; con una madera dura como la piedra y un color tan bonito que ni  hacía falta pintarlos: brillaban sólo con sentarse encima.  ¡Pues de palo rojo había que poner los bancos de la iglesia¡  Y se pusieron.

 En el puerto de Gijón había un  gran almacén donde  se vendía la madera en bruto, pero luego al lado, había sierras para prepararla a la medida del comprador . Las patas de hierro las encargamos en Oviedo. Un día se reunieron un buen grupo de paisanos  y hala, a armar los bancos.

Pero los bancos costaron mucho dinero  y el dinero escaseaba mucho más que ahora. La gente estuvo a la altura y se portó con  gran generosidad. Durante veinte semanas se fue publicando en La Semana Parroquial la lista de donantes.  La ilusión de tener una iglesia nueva en Escamplero y unos bancos flamantes..merecía la pena.

 Al ver ahora la relación de los donantes, en su mayoría ausentes,  ves que sólo han pasado  cuatro décadas, pero mucho han cambiado las personas...y  hasta los nombres de casas cuyos motes parecían imperecederos. Sus nombres, los  de aquellos donantes, deberían estar grabados con letras grandes, en las encimeras de esos duros  bancos.

 

Celso Díaz es  Hijo Adoptivo

de   Las Regueras

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